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Murió el Roña Castro: la Patagonia despide al campeón que nunca dio un paso atrás

Murió a los 59 años Jorge Fernando Castro, campeón mundial mediano nacido en Caleta Olivia. Su boxeo fue el retrato de una región que aprendió a resistir.

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Murió el Roña Castro: la Patagonia despide al campeón que nunca dio un paso atrás

Hay boxeadores que se explican por la técnica y otros que se explican por el lugar de donde vienen. Jorge Fernando Castro, el Roña, la Locomotora, pertenecía sin discusión al segundo grupo. Murió este miércoles en Morón, a los 59 años, lejos de la costa donde aprendió a pegar, pero sin haber dejado nunca de ser lo que fue desde el primer día: un pibe de Caleta Olivia que entendió temprano que en el sur nadie te regala nada.

Nació en 1967 en un hogar humilde del norte santacruceño, en el corazón del Golfo San Jorge, cuando Caleta todavía crecía al ritmo del petróleo y del viento. Su infancia tuvo capítulos durísimos: conoció el hambre de verdad, el que deja marcas, y fue su madre quien lo trajo de vuelta a la Patagonia para rescatarlo. El primer año vivió entre esquiladores. No hay metáfora más precisa de lo que vendría: un oficio de manos, de frío, de jornadas largas y paga corta.

El apodo de Roña se lo ganó en la calle, a fuerza de peleas que no se molestaba en evitar. A los quince años decidió que esa energía necesitaba reglas y se metió en un gimnasio. El otro nombre, Locomotora, llegó después, y él mismo lo explicó muchas veces: porque siempre iba para adelante. Nunca para atrás.

Un boxeador sin marcha atrás

Debutó como profesional en febrero de 1987, en su ciudad, y noqueó en el primer round. Fue el comienzo de una carrera que desafía la lógica del boxeo moderno: llegó a las cien peleas en apenas siete años, una frecuencia hoy impensable y que en su momento muchos miraron con desconfianza. Castro no administraba su carrera; la peleaba. Se subía al ring donde lo llamaran y contra quien le pusieran, y casi siempre ganaba. Cerró su trayectoria con 130 victorias, 90 de ellas por nocaut, once derrotas y tres empates. Pocos campeones del mundo se subieron tantas veces a un cuadrilátero.

No era un estilista. Era fuerza, mandíbula y una voluntad que rozaba la terquedad. Su boxeo se medía menos en puntos que en resistencia: aguantar, absorber, esperar el momento y soltar la mano que lo cambiaba todo. Por eso el público lo quería incluso en las noches en que no brillaba. Con Castro no había peleas aburridas.

En 1994 se consagró campeón mundial mediano de la AMB ante el estadounidense Reggie Johnson, en un fallo dividido que dejó más dudas que certezas. Pero el Roña no necesitaba convencer a los jurados: necesitaba una noche que lo definiera para siempre. Llegó meses después, en su segunda defensa, frente a John David Jackson. Iba perdiendo en todas las tarjetas, tenía los ojos cerrados por los golpes y la cara bañada en sangre. Desde su rincón pidieron un round más. Lo que siguió es leyenda: un gancho de izquierda al mentón, Jackson en la lona y un campeón que retuvo la corona cuando ya nadie apostaba por él. Él mismo bautizó aquel golpe como «la mano de Dios».

Castro no administraba su carrera; la peleaba.

Perdió el título a fines de 1995 ante el japonés Shinji Takehara, cruzó guantes dos veces con Roberto Durán y siguió peleando bien entrados sus treinta y tantos, cuando el boxeo argentino atravesaba un desierto y él era, muchas noches, el único capaz de encender a una platea.

La Patagonia como carácter

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Sería un error leer la vida de Castro solo desde el ring. Su condición de patagónico no fue un dato de su biografía: fue su manera de estar en el mundo. El Golfo San Jorge forma gente particular. Ciudades levantadas por migrantes de todas partes, empujadas por el petróleo, castigadas por el viento y por los ciclos de auge y crisis que conocemos de memoria a uno y otro lado del límite entre Chubut y Santa Cruz. En esa geografía se aprende pronto que la adversidad no es una excepción: es el clima.

Castro llevó ese carácter a todas partes. Volvió una y otra vez a pelear en Caleta, frente a su gente, y en 1996 fue concejal de su ciudad. Encarnó como pocos la figura del patagónico que se va al centro del país sin pedir permiso y sin perder la tonada, el que no se acomoda al gusto porteño ni hace el intento.

Para quienes crecimos en el Golfo, el Roña fue además la prueba de que desde acá también se podía llegar a la cima del mundo. En una región acostumbrada a ser mirada como proveedora de recursos y no de talentos, un campeón mundial nacido entre pozos y mesetas tenía un valor simbólico enorme. Cada victoria suya era también una pequeña revancha del sur frente a un país que suele recordarlo solo cuando necesita su energía.

Las sombras y la redención

Su vida no fue lineal ni ejemplar en todos sus tramos, y sería deshonesto pintarlo como un santo. Tuvo excesos, accidentes graves y episodios dolorosos fuera del ring que cargó durante décadas. Fue polémico, desmedido, auténtico hasta la incomodidad. Pero también fue generoso, y en sus últimos años encontró la forma de devolver lo que el boxeo le había dado.

Durante la pandemia levantó en el conurbano bonaerense una red de comedores que llegó a sumar más de una decena. Hasta el final trabajaba para abrir uno nuevo en Morón, la ciudad donde murió. El chico que había conocido el hambre terminó dando de comer a otros. Es difícil imaginar un cierre más coherente con su historia.

El boxeo argentino tuvo campeones más técnicos, más elegantes, más prolijos. Tuvo pocos tan genuinos. Castro peleó como vivió, y vivió como se vive en el sur: de frente, contra el viento, sin un paso atrás. Hoy la Patagonia despide a uno de los suyos, con la certeza de que en algún lado el Roña sigue tirando la última mano.

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