Hay partidos que se recuerdan por un gol, por una atajada o por una remontada. El de este domingo entre la CAI y Newbery, lamentablemente, se recordará por otra cosa: por el arbitraje. Y no por un error aislado, de esos que forman parte del juego, sino porque durante los noventa minutos se instaló una sensación difícil de ignorar. Lo que se vio en la cancha tuvo, para muchos, el sabor de una revancha. Después de aquel penal inexistente en La Madriguera, que todavía duele en la CAI, esta vez la balanza pareció inclinarse con fuerza hacia el otro lado.
La jugada que resume la tarde llegó en el primer tiempo, cuando Padovani convirtió para Newbery el gol del empate y el árbitro lo anuló por un supuesto fuera de juego. El problema es que no hubo tal cosa: Padovani estaba claramente habilitado, y así lo entendieron todos en la cancha menos quien tenía que entenderlo.
No fue una de esas posiciones milimétricas que generan debate. Fue una decisión que no resiste el menor análisis y que terminó siendo determinante, porque el partido se cerró 1 a 0 a favor de la CAI. No fue la única. A lo largo del encuentro hubo varias polémicas, y todas se inclinaron hacia un mismo lado, lo que alimentó una desconfianza que ya venía instalada desde antes.
Porque el clima se había enrarecido en la previa. Durante la semana se comentó, con insistencia, que la CAI habría gestionado la llegada de árbitros de Tres Arroyos para dirigir el encuentro. Nadie lo confirmó oficialmente, y corresponde decirlo con todas las letras: es un comentario, no un hecho comprobado. Pero que esa versión circulara, y que después el desarrollo del partido pareciera darle la razón a quienes la repetían, ya es un problema serio para la credibilidad del torneo. Lo peor de todo es que hoy la conversación pase por ahí. Que después de un partido de esta magnitud no se hable del juego ni de los jugadores, sino de quién trajo a los árbitros y de dónde vinieron. Es una derrota para todos, incluso para el que ganó, porque un triunfo envuelto en sospechas nunca se disfruta del todo. El fútbol de hoy no puede convertirse en una competencia para ver quién tiene más llegada a la hora de designar una terna.
Un penal inventado no se repara con un gol anulado; así sólo se agranda el problema. Si gana el que mejor maneja los árbitros, y no el que mejor juega, se pierde la esencia de lo que nos convoca cada fin de semana. Los jugadores merecen otra cosa, los hinchas también, y la liga tiene la obligación de garantizar que la próxima vez la pelota sea la única protagonista.
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