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El barro que avisa: Vaca Muerta y la experiencia del Golfo San Jorge

Lo que las lluvias de octubre le mostraron a Vaca Muerta y lo que la Cuenca del Golfo San Jorge aprendió después de un siglo de explotación.

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El barro que avisa: Vaca Muerta y la experiencia del Golfo San Jorge

En la Patagonia árida llueve poco, pero cuando llueve, el agua pasa factura. Y esa factura no la paga el cielo: la pagan las rutas mal drenadas, los caminos de yacimiento trazados a las apuradas y las ciudades que crecieron más rápido que sus obras. En apenas tres días de octubre, Vaca Muerta recibió una lección que Comodoro Rivadavia conoce de memoria.

Una semana de agua en la capital del shale

El martes 13 de octubre, un temporal de lluvias de inusual intensidad descargó sobre la zona hidrocarburífera neuquina y convirtió un tramo de la Ruta Provincial 5 en un cauce. La correntada de agua y lodo arrastró camionetas de empresas contratistas hacia los costados de la calzada. Los caminos de tierra que conectan las locaciones quedaron anegados y las operadoras debieron restringir los ingresos y suspender la circulación de flotas livianas en sectores clave.

Defensa Civil y Vialidad Provincial salieron a rescatar trabajadores varados. No hubo heridos graves, pero sí carrocerías destruidas, banquinas comidas por el agua y tránsito pesado interrumpido.

Dos días después le tocó a Añelo. El pronóstico hablaba de entre 10 y 20 milímetros y una alerta amarilla; lo que llegó fue un aguacero que desbordó cualquier previsión. Asentada al pie de las bardas, la localidad recibió el agua que bajaba de las zonas altas, cargada de barro, piedras y escombros.

Hubo viviendas inundadas, familias evacuadas de manera preventiva, desprendimientos de tierra y una imagen que recorrió el país: vecinos de la capital de Vaca Muerta moviéndose en canoa por calles convertidas en ríos. Las rutas principales siguieron habilitadas, pero Vialidad tuvo que trabajar a destajo para despejarlas.

No es un episodio aislado. Cada temporal repite el mismo libreto en los suelos arcillosos de Tratayén, sobre la Ruta 7, donde el agua corta la traza durante horas y hasta las 4x4 de los petroleros patinan. En la zona lo dicen con ironía: por algo a ese paraje lo llaman Sierra Barrosa.

Una infraestructura que corre detrás de la producción

El contraste es elocuente. Vaca Muerta bate récords de producción y anuncia inversiones de miles de millones de dólares bajo el RIGI, mientras sus rutas sostienen un tránsito que nunca fue pensado para semejante carga.

La Ruta 7, entre Neuquén y Centenario, se vuelve a hundir cada pocos años por el peso de los camiones, con miles de vehículos diarios circulando por el corredor petrolero. Las rutas nacionales 22 y 151, por donde ingresa buena parte de la arena para fractura, llegan a la temporada de lluvias sin soluciones estructurales.

Hay respuestas en marcha, aunque a otro ritmo. El bypass de Añelo —51 kilómetros que incluyen la repavimentación de las rutas 8 y 17 y un nuevo nexo para sacar el tránsito pesado del casco urbano— habilitó su primer tramo de hormigón en mayo, con financiamiento de un fideicomiso integrado por diez operadoras y un costo cercano a los 51 millones de dólares. Su finalización está prevista para octubre de 2027.

A eso se suma el esquema de peajes aprobado por la Legislatura neuquina y la habilitación nacional para que las provincias concesionen rutas nacionales.

El modelo público-privado es una novedad valiosa. Pero el temporal dejó en evidencia algo que ninguna doble vía de hormigón resuelve por sí sola: el problema no son solo los kilómetros de asfalto, sino el agua. Desagües, alcantarillas, defensas aluvionales y una planificación urbana que deje de levantar barrios en el camino natural de las crecidas.

El espejo del sur

Para entender hacia dónde puede ir Vaca Muerta si no corrige el rumbo, basta con mirar a la Cuenca del Golfo San Jorge.

Comodoro Rivadavia se construyó, literalmente, sobre cañadones. Sobre esos cauces secos se trazaron calles, se levantaron casas y se instalaron pozos, baterías y caminos petroleros durante más de un siglo. La factura llegó en 2017: casi 400 milímetros en diez días, el equivalente a la lluvia de un año entero.

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Más de tres mil evacuados, dos mil viviendas afectadas, dos muertos y una ciudad partida. El cerro Chenque se movió y se llevó consigo la Ruta 3.

El impacto en la actividad fue inmediato. Los camiones no podían entrar ni salir de los yacimientos y la producción de petróleo de Chubut cayó un 21% en abril de aquel año respecto del mismo mes de 2016. Yacimientos enteros, como Bella Vista Oeste, quedaron arrasados y necesitaron contratos especiales de reparación para volver a producir.

El episodio volvió a repetirse a menor escala en otros septiembres atípicos, con caminos de Diadema literalmente partidos al medio y cuadrillas aisladas en el campo.

Pero la diferencia de fondo entre ambas cuencas no es el volumen de lluvia, sino el tiempo acumulado. En el Golfo San Jorge, cada temporal cae sobre un territorio surcado por miles de picadas abiertas sin planificación, ductos envejecidos y pozos que dejaron de producir sin un cierre adecuado.

Solo en el ejido de Comodoro se cuentan alrededor de 1.700 pozos inactivos, sobre un total de unos 2.000 en la zona. Cuando el agua corre por esos cañadones, no arrastra solamente barro.

La salida de YPF de los campos maduros reabrió esa discusión con fuerza. Chubut cerró un acuerdo por el que recibió 25 millones de dólares y renunció a reclamos por pasivos ambientales previos en las áreas cedidas, una cifra que sus críticos consideran muy inferior al costo real de la remediación.

Santa Cruz, en cambio, negoció que la propia compañía sanee a su costa más de 1.200 pozos antes de transferir sus bloques. Dos provincias vecinas, dos criterios distintos frente a la misma herencia.

Y la Ruta 3, entre Comodoro y Caleta Olivia, el corredor petrolero más importante del sur, arrastra casi dos décadas de baches, grietas, una autovía eternamente inconclusa y socavones costeros como el de Punta Maqueada. Es la postal de lo que ocurre cuando la riqueza del subsuelo no se traduce en infraestructura de superficie.

Lo que el agua no perdona

Vaca Muerta tiene una ventaja que Comodoro ya no tiene: está a tiempo. Es una cuenca joven, con operadoras de espalda financiera, perforación desde pads que concentra varias perforaciones en una misma locación y un Estado provincial que, al menos en los papeles, empezó a sentar a las empresas a la mesa para financiar rutas.

Pero el tiempo también juega en contra. Cada pozo que se perfora hoy será un pasivo dentro de treinta o cuarenta años. Cada barrio que se levanta en Añelo sin estudio hídrico será una evacuación futura. Cada camino de yacimiento sin alcantarillado es un cauce esperando la próxima tormenta. Y con un año marcado por El Niño, la próxima tormenta no parece lejana.

La Cuenca del Golfo San Jorge es la prueba viva de que un siglo de producción puede dejar regalías, empleo y ciudades enteras, pero también cañadones ocupados, rutas destruidas y una deuda ambiental que nadie quiere pagar.

Las lluvias de octubre fueron un aviso. En Comodoro, ese aviso llegó demasiado tarde. Neuquén todavía puede escucharlo.

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