URGENTE

Patricia sabe esperar (o eso dice)

La senadora asegura que no es candidata, pero cada desmarque con los hermanos Milei suma una ficha a un tablero que ya mira a 2027.

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Patricia sabe esperar (o eso dice)

Hay frases que en política funcionan como anuncios sin serlo. Cuando Patricia Bullrich dijo esta semana que está «preparada para ser presidenta, pero una tiene que saber esperar su momento», no lanzó ninguna candidatura. Hizo algo más sutil y, para la Casa Rosada, bastante más incómodo: se instaló en la conversación sobre la sucesión del liderazgo libertario sin romper con Milei ni abandonar el espacio que integra.

La jugada tiene su ironía. Hace apenas un año y medio, Karina Milei celebraba su afiliación a La Libertad Avanza asegurando que convencerla había sido fácil, porque ya era violeta desde hacía tiempo. Hoy, la relación entre las dos mujeres más poderosas del oficialismo se parece menos a una alianza que a una convivencia armada.

El catálogo de los desmarques

La lista de diferencias es larga y no es casual. El quiebre visible llegó con el caso Adorni. Fue Bullrich quien presionó en público para que el entonces jefe de Gabinete adelantara su declaración jurada corregida, algo que irritó a los hermanos Milei, que lo leyeron como una exposición innecesaria. Después fue más lejos: el 25 de junio levantó a los senadores libertarios de sus bancas, la sesión se cayó y esa misma tarde llamó a Karina para avisarle que ya no había margen.

Siguieron otros frentes. Se apartó del veto presidencial al ascenso de la jueza Michelli para cuidar a su núcleo de votantes y su red de aliados en el Congreso. Consideró apresurado avanzar con el capítulo de tierras de la Ley de Propiedad Privada antes de que la Justicia se pronunciara sobre el decreto. Y más recientemente cuestionó las descoordinaciones de la Mesa Política en el capítulo de Discapacidad del Presupuesto 2027.

La respuesta de la Rosada fue reveladora: intervenirle el bloque con un grupo de WhatsApp controlado por Karina Milei y Diego Santilli. Que la herramienta de disciplinamiento sea un chat dice mucho sobre la relación de fuerzas. A Bullrich no se la puede echar; apenas vigilar.

Ahora el desmarque tocó la economía, el terreno más sensible. Puso en duda la famosa «bazuca de dólares» con la que el Presidente promete resistir cualquier ataque financiero, y reclamó acelerar los acuerdos con los aliados para no repetir 2025, cuando la estabilidad terminó dependiendo del auxilio del Tesoro estadounidense.

«Estoy preparada para ser presidenta, pero una tiene que saber esperar su momento».

Patricia Bullrich, jefa del bloque de La Libertad Avanza en el Senado

Distinta conducción, mismo rumbo

Conviene no confundirse. Bullrich no discute el modelo. Su ambición no expresa una alternativa al programa de Milei, sino la intención de sostenerlo con otra conducción si el desgaste presidencial abre esa puerta. Sus diferencias son de forma, de método y de institucionalidad: más acuerdos, menos blindajes, más gobernabilidad, menos épica.

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Es la figura de la «mileísta racional»: alguien que puede representar al votante republicano que llegó a Milei por espanto al kirchnerismo y que hoy tolera el ajuste, pero no las formas ni los escándalos. Ese electorado existe, no tiene dueño claro y Bullrich lo sabe.

Detrás asoma otra lectura, más inquietante para Olivos. Dentro del propio oficialismo hay quienes sostienen que su proyección presidencial responde a un pedido del círculo rojo, la fórmula que algunos empresarios bautizaron como «mileísmo sin Milei». Versiones que circularon meses atrás hablaban incluso de un armado con gobernadores radicales y del PRO, entre ellos Nacho Torres, una hipótesis que, de concretarse, tendría consecuencias directas en el mapa patagónico.

La jaula dorada de la vicepresidencia

Milei eligió no pelear. Cuando le preguntaron por la frase de Bullrich, admitió que era cierta. La estrategia es de contención: en La Libertad Avanza se agita la idea de una fórmula Milei-Bullrich, y hay quienes aseguran que la oferta ya fue sugerida de manera informal. El abrazo en la cena de la Fundación Faro completó la escenografía.

Pero la vicepresidencia es un premio y una jaula a la vez. Ofrecerla es la forma más elegante de desactivar a una competidora: se la integra, se le reconoce peso y se le cierra el camino propio. Bullrich lo sabe, y por eso responde con ambigüedad calculada. Dice que nadie le ofreció acompañar al Presidente y que el rumbo se confirma con la reelección. Al mismo tiempo, en los pasillos del Senado trascendió que le habría confiado a un legislador radical que jugará «sí o sí» por la presidencia, convencida de que Milei no llega.

El dilema de siempre

Bullrich conoce el costo de jugar sola. En 2023 quedó tercera y terminó apoyando a quien la había agraviado durante la campaña. Ella misma lo reconoció sin vueltas: probó una vez y no llegó. Esa experiencia explica la prudencia actual. Romper con La Libertad Avanza significaría perder la estructura y partir un electorado que en buena medida comparte con Milei. Quedarse implica aceptar que el liderazgo sigue siendo de los hermanos, mientras su capital político crece en proporción inversa a la imagen presidencial.

Ahí está la paradoja de su proyecto: necesita que Milei se debilite lo suficiente como para volverse indispensable, pero no tanto como para arrastrar a todo el espacio en su caída. Caminar esa cornisa durante un año entero exige una disciplina que Bullrich nunca terminó de demostrar.

La pregunta, entonces, no es si quiere ser presidenta. Eso quedó claro. La pregunta es si la paciencia que hoy pregona resistirá el calendario, y si los Milei le dejarán, cuando llegue el momento, algo más que un lugar en la foto.

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