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La banca no era de Lattanzio

El concejal comodorense agravió desde el recinto a la Unión Cívica Radical, el partido que lo llevó al Concejo Deliberante. Su conducta reabre una vieja discusión de la política argentina, la de a quién pertenece una banca, y plantea una causal de remoción o sanción que el cuerpo no debería esquivar.

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La banca no era de Lattanzio

Hay agravios que dicen más de quien los pronuncia que de quien los recibe. El concejal Omar Luis Lattanzio usó el micrófono del Concejo Deliberante de Comodoro Rivadavia para descargar su desdén contra la Unión Cívica Radical. En una intervención difundida por El Comodorense, arrancó con burla («la única vez que vino el partido radical a…») y cerró a los gritos: «me cago en ese partido».

No fue una crítica política, legítima y necesaria en democracia. Fue un destrato. Y lo pronunció desde una banca que, por origen, no es enteramente suya.

Una vieja discusión

¿De quién es una banca? La pregunta atraviesa la política argentina desde hace décadas y admite tres respuestas: puede ser del pueblo que votó, del dirigente que la ocupa o del partido que lo postuló. La doctrina mayoritaria y buena parte de la jurisprudencia se inclinan por la segunda, en nombre del mandato libre: el representante lo es de todos y no responde a órdenes partidarias.

Pero hay un argumento poderoso del otro lado, y el propio sistema lo confirma. La Constitución Nacional reconoce a los partidos como instituciones fundamentales de la democracia y les asigna la competencia exclusiva para postular candidatos. Nadie llega a un cuerpo colegiado sin una lista oficializada. Y cuando un edil renuncia o fallece, no se llama a elecciones: asume el siguiente de la misma lista. La banca sigue a la nómina, no a la persona. El vecino que vota no elige a un individuo suelto, sino a una propuesta colectiva con nombre, historia y programa.

Defender el mandato libre significa proteger la conciencia del representante frente a la disciplina partidaria. No significa habilitarlo a llevarse la banca a otra fuerza y, encima, usarla para escupir sobre la que se la dio.

El caso Lattanzio

La trayectoria del concejal es el mejor ejemplo de por qué esta discusión no es abstracta. Entró a la política por una agrupación radical; él mismo admitió en 2023 que se sumó para conocer gente mientras su negocio tenía poco trabajo. En la interna de 2019 acompañó la lista 503 C «Alternativa Radical», que perdió.

No llegó al Concejo por caudal propio. Por el mecanismo de integración de listas, ocupó el cuarto lugar de la nómina definitiva de Juntos por el Cambio, sostenido por los votos radicales. Lo reconoció con franqueza: «Sin porcentaje pusimos al primer concejal, que era yo». Fue el primero de su línea interna en entrar, y entró gracias a un partido que no era el suyo por convicción, sino por conveniencia.

Ya sentado en su banca, armó un bloque propio, al que bautizó con el nombre de Raúl Alfonsín. Se alejó de su espacio y, en 2023, se lanzó como precandidato a intendente por otra fuerza, el PICH. Hoy prepara su propio sello, «Unión por Comodoro». La banca, en cambio, se la quedó.

Del transfuguismo al agravio

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Cambiar de partido a mitad de mandato es una práctica extendida y discutible, pero tolerada. Lattanzio fue más allá: conservó una banca construida con votos radicales y la convirtió en tribuna para despreciar a esos mismos votantes.

Ahí está la diferencia. Quien se va de un partido puede invocar razones de conciencia. Quien retiene la banca que ese partido le dio y la usa para insultarlo rompe el vínculo que justificaba su presencia en el recinto. Ya no ejerce un mandato libre: usufructúa uno ajeno.

El partido al que agravió nació en 1891 con Leandro N. Alem, conquistó la Ley Sáenz Peña, llevó a Hipólito Yrigoyen al primer gobierno surgido del voto popular, dio a Arturo Illia y encabezó, con Raúl Alfonsín, la recuperación democrática y el Juicio a las Juntas. Es el partido más antiguo en actividad del país. Generaciones de militantes en Comodoro y en todo Chubut se sienten herederas de esa historia, y muchos de ellos votaron la lista que hoy le permite a Lattanzio hablar desde el recinto.

La causal: remoción o sanción

Un concejal no es un vecino más opinando en una esquina. Es un funcionario electo, y la investidura le impone deberes de decoro y respeto hacia las instituciones y las fuerzas que integran la vida democrática. El Concejo Deliberante cuenta con herramientas para sancionar la inconducta de sus miembros, que van desde el llamado al orden y la amonestación hasta la suspensión y, en los casos graves, la remoción.

El caso de Lattanzio reúne dos elementos que, juntos, configuran esa gravedad: una banca a la que llegó por el voto vinculado a un partido y el uso de esa misma banca para agraviarlo públicamente. Si la banca es, al menos en parte, del partido que la ganó, quien la vuelve contra ese partido incurre en una inconducta que excede la opinión personal y afecta la representación misma.

El cuerpo tiene, entonces, una discusión que dar. Puede tratar la remoción por inconducta, aplicar una sanción ejemplar o, como mínimo, abrir el debate sobre una norma que establezca con claridad a quién pertenecen las bancas en Comodoro Rivadavia. Lo que no puede es mirar para otro lado. Si el Concejo calla, convalida. Si actúa, defiende su propia jerarquía.

El radicalismo comodorense no necesita la aprobación de Lattanzio. Pero los vecinos sí merecen concejales que estén a la altura de la banca que ocupan y que recuerden de dónde vino.

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