Desde este sábado 1 de agosto, a las 5:15 de la madrugada, Sol Bus —del Grupo MR— se hizo cargo del transporte público urbano de Comodoro Rivadavia. Terminó así el ciclo de Patagonia Argentina, que prestó el servicio desde comienzos de los años 70 y quedó como única operadora en 2007. Más de medio siglo de una misma cara en las calles. Suficiente para que cualquier cambio se sienta, por contraste, como una revolución.
Y así se lo vendió. Video institucional, recorrida del intendente por la base del barrio Industrial, mapa interactivo, aire acondicionado, calefacción, 95 unidades para arrancar y 121 comprometidas por pliego. El intendente Othar Macharashvili aseguró que las unidades son cero kilómetro y están en perfecto estado. Bombos y platillos.
La pregunta que falta
Ahora bien: “cero kilómetro” y “última generación” no son sinónimos, y esa distinción no es un detalle técnico para fanáticos del transporte. Es el corazón del asunto.
En Argentina, un colectivo urbano se arma sobre un chasis —Mercedes-Benz, Scania, Volvo, Agrale— al que después una carrocera (Colcar u otra) le monta la carrocería. Un chasis puede corresponder a una plataforma de diseño viejo, con motor delantero, escalones altos y una arquitectura que en el mundo se discontinuó hace años, y aun así salir de la planta con carrocería flamante y ficha de cero kilómetro. Es legal, es habitual y no tiene nada de escandaloso. Pero no es lo mismo que “última generación”.
Viendo las fotos y los videos que circulan, la duda se instala sola: ¿estamos ante unidades de plataforma moderna, piso bajo, motor trasero y estándar de emisiones actual? ¿O ante un modelo de configuración tradicional, ya visto durante décadas en cualquier ciudad del país, prolijamente recarrozado y pintado con los colores nuevos?
Nadie del municipio ni de la empresa aclaró públicamente marca, modelo, año de chasis ni norma de emisiones de la flota que entró a operar. Y mientras no se aclare, la sospecha vale tanto como el anuncio.
Los detalles que se dijeron en voz baja
Hay un dato que se mencionó al pasar y que ordena bastante la discusión: de las 95 unidades iniciales, solo diez tendrían rampa para personas con movilidad reducida. Diez de noventa y cinco.
Si la flota fuera efectivamente de última generación, la accesibilidad no sería una excepción del 10%: sería el estándar, porque en las plataformas modernas de piso bajo viene de fábrica. Ese número, más que cualquier declaración, sugiere que la mayor parte de la flota respondería a una configuración convencional. Confort mejorado, sí. Salto tecnológico, habría que verlo.
El festejo desmedido
Mientras tanto, en Buenos Aires, Santiago, Bogotá, Ciudad de México y prácticamente cualquier capital que uno mire, la conversación pasa por otro lado: unidades eléctricas, híbridas, carriles exclusivos, prioridad semafórica, datos abiertos de frecuencia en tiempo real. Acá se celebra como una conquista histórica lo que en otras latitudes es el piso mínimo desde hace una década.
Y ahí aparece la parte más comodorense de todo esto. A la ciudad se le vende cualquier cosa envuelta en papel de regalo y la ciudad aplaude. Después de cincuenta años de un servicio que acumuló críticas hasta el último día, la vara quedó tan baja que un colectivo con calefacción que funcione ya parece un logro civilizatorio. El mérito de Sol Bus, por ahora, es haber llegado después de Patagonia Argentina.
A eso se suma un arranque que no fue precisamente en calma: la UTA frenó el servicio con una asamblea a días del recambio, por unos 75 trabajadores sin continuidad garantizada, y el cuadro tarifario todavía está en manos del Concejo Deliberante. La foto de la flota alineada en la base tapó, por un rato, todo lo demás.
La resignación como política de Estado
Pero el problema de fondo no son los colectivos. Son los colectivos y el agua y las calles y la electricidad y los desagües y el hospital y el cordón cuneta que se vienen prometiendo gestión tras gestión. Y, sobre todo, es la reacción del comodorense frente a todo eso: el encogimiento de hombros.
Acá se naturalizó lo que en cualquier otro lado sería un escándalo. Que el agua no llegue. Que llegue turbia. Que una lluvia fuerte parta la ciudad en dos. Que una calle troncal esté rota durante años. Que el servicio de transporte sea malo durante medio siglo y nadie rinda cuentas.
El vecino ya no protesta: pronostica. Sabe de antemano que va a salir mal, lo dice antes de que pase, y cuando pasa se limita a confirmarlo. Esa resignación anticipada es, probablemente, el activo político más valioso que existe en Comodoro Rivadavia. Nada disciplina tanto a una sociedad como convencerla de que las cosas son así.
Y es una resignación particularmente absurda, porque no estamos hablando de un pueblo olvidado sin recursos.
Miles de millones que pasaron de largo
Por esta ciudad pasaron —y pasan— miles de millones de dólares. Un siglo largo de petróleo. Regalías, retenciones, inversión de operadoras, sueldos altos, un movimiento económico que en su mejor momento sostuvo buena parte del PBI provincial y alimentó cajas nacionales enteras. Comodoro no fue la periferia del negocio: fue la caja.
La pregunta que la ciudad se hace poco y en voz baja es dónde quedó todo eso. Porque la cuna del petróleo argentino, con esa historia de facturación, debería parecerse a las ciudades que en el mundo hicieron lo mismo con lo mismo. Houston, Stavanger, Aberdeen, Calgary: lugares que convirtieron la renta de un recurso finito en universidades, hospitales, autopistas, sistemas de transporte, parques, redes de agua y drenaje que funcionan. Ciudades que entendieron que el petróleo se termina y que lo único que queda después es lo que hayas construido mientras duró.
Comodoro, en cambio, exhibe indicadores de servicios públicos e infraestructura urbana que la ponen a la par de ciudades del norte argentino históricamente postergadas y sin un peso de renta extractiva: Santiago del Estero, Resistencia, cualquier capital del NEA que uno quiera tomar. La comparación no es un agravio hacia ellas; al contrario. Ellas nunca tuvieron el barril. Comodoro lo tuvo durante cien años y llegó al mismo lugar. Ese es el escándalo.
Así, un puñado de colectivos con calefacción se convierte en una fiesta. No porque sean gran cosa, sino porque la vara está en el subsuelo. Una ciudad que hubiera invertido su renta como correspondía discutiría hoy electrificación de flota, carriles exclusivos y frecuencias de seis minutos. Nosotros discutimos si los micros son nuevos de verdad o nuevos por fuera. Ese es el tamaño del retroceso.
El pliego es público. Las fichas técnicas existen. Nada de esto es información sensible.
Comodoro se merece un transporte mejor del que tuvo. También se merece que le digan con precisión qué fue lo que compró, por diez años. Porque si dentro de tres inviernos resulta que las unidades “de última generación” empiezan a mostrar la edad real de su plataforma, ya no va a haber video institucional que alcance.
Y lo peor no será el desengaño. Lo peor será la reacción: el comodorense va a decir “y bueno, era obvio”, se va a acomodar el cuello de la campera contra el viento y va a seguir esperando el colectivo. Como hace cien años. Con el petróleo saliendo abajo de sus pies.
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