URGENTE

El mapa de los límites: lo que Argentina discute y lo que el mundo ya resolvió

Mientras el Senado negocia eliminar el tope a la compra de tierras por extranjeros, la comparación internacional muestra que el debate argentino llega tarde y, a la vez, se plantea a destiempo.

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Hay una pregunta que reaparece cada vez que un país discute quién puede ser dueño de su territorio: ¿qué se protege cuando se limita la propiedad extranjera de la tierra? La respuesta nunca es solo económica. Es también una respuesta sobre soberanía, sobre recursos estratégicos y sobre cuánto margen de decisión conserva un Estado frente al capital que no responde a su jurisdicción. Argentina volvió a hacerse esa pregunta con la reforma que impulsa el Gobierno de Javier Milei, incluida en el proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que busca desmontar los límites vigentes desde 2011.


El punto de partida

La Ley de Tierras Rurales (26.737) fija hoy un tope del 15% de la superficie rural en manos extranjeras, replicado a nivel nacional, provincial y municipal, con un límite adicional de 1.000 hectáreas en la zona núcleo agrícola y prohibiciones sobre cuerpos de agua permanentes, glaciares y áreas de frontera. Según los datos oficiales más recientes, la ocupación extranjera real ronda apenas el 5-6% del total: muy por debajo del techo legal. Ese dato es central para entender el debate, porque desnuda que la discusión no es sobre un problema que ya ocurrió, sino sobre uno que podría ocurrir si se retira la barrera normativa.


El proyecto oficialista elimina esos topes para personas y empresas privadas extranjeras, pero —en un giro que conviene subrayar— endurece los controles cuando el comprador es un Estado extranjero, una empresa estatal o una sociedad bajo su control directo, con la inversión china como preocupación explícita. Es una desregulación asimétrica: abre la puerta al capital privado global y, al mismo tiempo, intenta cerrarla para los actores geopolíticos que más inquietan a la Casa Rosada.


Ningún país compara realmente “tierra” con “tierra”: compara qué tan dispuesto está a ceder control sobre lo que no se puede importar.


La región no se mueve en la misma dirección

El contraste con los vecinos es elocuente. Si el Congreso aprueba la reforma, Argentina pasaría de ser uno de los regímenes más restrictivos de Sudamérica a uno de los más laxos para el capital privado extranjero, justo cuando Brasil sostiene el esquema más estricto de la región.


Regímenes vigentes — compra de tierra rural por extranjeros


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El patrón regional, entonces, no es la apertura sino la cautela regulada: casi todos limitan de algún modo la tierra fronteriza y estratégica, y Chile —la excepción sin techo general— igual exige permiso estatal en el límite internacional. La reforma argentina, tal como está redactada, se despega de ese consenso implícito para el capital privado, aunque lo reafirma para los Estados extranjeros.


Lo que hace Europa

El caso europeo agrega un matiz que rara vez entra en el debate local. La Unión Europea protege por tratado la libre circulación de capitales, incluso con terceros países, pero admite restricciones nacionales cuando existe un interés público legítimo: frenar la especulación inmobiliaria o la concentración excesiva de tierra agrícola. No hay, por lo tanto, un modelo único: cada Estado miembro regula dentro de ese margen. Los países del este europeo que ingresaron a la UE en los 2000 negociaron moratorias transitorias —Hungría y Polonia entre ellos— que mantuvieron el mercado de tierra agrícola cerrado a extranjeros durante años después de la adhesión, con topes mínimos antes de requerir autorización estatal expresa.


La lección europea es que la apertura de un mercado de tierras se negocia con gradualismo y salvaguardas, no se declara de una vez. Es exactamente lo opuesto al ritmo que propone el proyecto argentino, que pasaría de un régimen restrictivo a uno sin techo en una sola reforma legislativa.


LA PERSPECTIVA PATAGÓNICA

Para una provincia como Chubut, donde la discusión sobre activos estratégicos —hidrocarburos, agua, tierra fiscal— ya atraviesa el conflicto YPF y la agenda minera, la pregunta no es abstracta. La tierra rural y la tierra que rodea a los recursos naturales no siempre son la misma categoría jurídica en el debate público, pero terminan discutiéndose con el mismo lenguaje de soberanía. Cualquier cambio en el régimen nacional repercute, tarde o temprano, en cómo las provincias productoras de recursos negocian su propio margen de decisión.


La pregunta que falta

El debate argentino se libra hoy en clave de dos extremos: statu quo restrictivo versus apertura total. Pero la experiencia comparada —brasileña por su rigor, uruguaya por su transparencia societaria, europea por su gradualismo— sugiere que existe un terreno intermedio poco explorado: mantener control sobre la tierra estratégica y fronteriza sin necesariamente vedar la inversión privada productiva. Esa es la discusión que el Senado todavía no dio, y que probablemente determine si la reforma se recuerda como una modernización regulatoria o como una renuncia apresurada a una herramienta de soberanía que, hasta ahora, casi no se había usado.


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