La jugada no es nueva —ya lo intentó en 2023, cuando la ley de Lemas lo dejó en el camino y consagró a Vidal—, pero esta vez llega con un contexto provincial mucho más fragmentado y con un aliado inesperado asomando en el horizonte: la vicepresidenta Victoria Villarruel, que eligió justamente Santa Cruz para desplegar su propia estrategia de despegue territorial.
La pregunta que se impone es si esta vez Carambia tiene con qué. Y la respuesta, como suele ocurrir en la política patagónica, es menos categórica de lo que su entorno quiere hacer creer.
Una marca política con historia, pero con techo conocido
El apellido Carambia no es improvisación. Desde 2011, cuando José María tenía apenas 27 años, la familia construyó una estructura propia en Las Heras a través del Movimiento Vecinal Renovador, que le permitió ganar la intendencia en 2015, revalidarla en 2019 y, al asumir la banca de senador en 2023, dejarle el sillón municipal a su hermano Antonio. Es una maquinaria electoral probada a escala local, con capacidad de sumar votos propios que resultaron decisivos para que Por Santa Cruz le ganara al kirchnerismo hace tres años.
El problema es la escala. Lo que funciona en Las Heras no necesariamente se traduce en el resto de una provincia extensa, con centros de poder muy distintos entre sí: Río Gallegos, Caleta Olivia, la zona norte petrolera y el sur turístico responden a lógicas propias. El propio diputado José Luis Garrido —el único legislador nacional que le queda a Vidal después de la fuga de Carambia y Natalia Gadano— lo dijo sin filtro: se alegra de que Carambia empiece a mostrarse, porque en gran parte de la provincia todavía no lo conocen. Es una frase interesada, viniendo de un rival directo, pero no del todo falsa: la proyección provincial de Carambia sigue siendo, en gran medida, una tarea pendiente.
A su favor juega un rasgo que no es menor en un escenario de dirigentes desgastados: la juventud y la audacia. Carambia entró en política a los 27 años y llega a esta candidatura con apenas 42, una diferencia generacional evidente frente a un tablero provincial poblado de apellidos que llevan décadas repitiéndose. Esa misma audacia es la que lo llevó a romper con el gobernador que integraba, a disputarle la gobernación por segunda vez consecutiva y a exponerse públicamente antes que la mayoría de sus pares. Es un activo real de cara a una campaña, aunque también un arma de doble filo: la osadía que hoy lo diferencia puede leerse, según el humor del electorado, como ambición prematura.
El tablero se le mueve a favor
Donde la candidatura de Carambia gana densidad es en la debilidad ajena. Vidal llega a la mitad de su mandato con un desgaste evidente: protestas estatales, docentes y policiales, un vicegobernador radical distanciado y ahora la pérdida de sus dos senadores. Su margen de maniobra se estrechó justo cuando más necesitaba mostrar gestión.
Del otro lado, el peronismo logró algo que no es menor: unificó las tres listas que competían en la interna del PJ y ordenó sus fichas detrás del intendente de Río Gallegos, Pablo Grasso, que se perfila como el gran desafiante. Santa Cruz fue uno de los pocos distritos donde el justicialismo se impuso en las legislativas de octubre, así que ese entusiasmo no es artificial. Un peronismo unificado y con un candidato con base propia en la capital provincial es, probablemente, el obstáculo más serio para cualquier aspirante no peronista.
Y después está el factor Villarruel. Su recorrida por el norte santacruceño, con Carambia y Gadano como anfitriones, alimentó lecturas cruzadas: ¿acompañamiento institucional de una vicepresidenta que recorre el país, o el primer armado de un espacio libertario-conservador por fuera de Milei, con Santa Cruz como laboratorio? Ninguno de los protagonistas lo confirmó, y es razonable pensar que ni Villarruel ni Carambia tienen del todo resuelto qué lugar ocupa el otro en sus respectivos planes. Pero si esa construcción avanza, Carambia sumaría un capital simbólico —y eventualmente de estructura nacional— que hoy no tiene con recursos propios.
Chances reales, no garantizadas
Con ese panorama, hablar de Carambia como favorito sería prematuro. Tiene una base electoral consolidada en el norte de la provincia, un relato de gestión municipal para mostrar y una lectura correcta del desgaste de Vidal. Pero enfrenta un peronismo reordenado y con candidato de peso en la ciudad más poblada, un techo de conocimiento que él mismo reconoce como debilidad, y una alianza con Villarruel que todavía es más gesto que estructura.
En síntesis: Carambia tiene motivos reales para creer que puede pelear la gobernación, pero está lejos de tener el camino allanado. Su candidatura depende menos de sus propios méritos —que existen— que de dos variables que no controla: qué tan lejos llega el desgaste de Vidal y qué tan sólido resulta el armado de Grasso. En una provincia acostumbrada a que la gobernación se defina por armados de último momento, esa incertidumbre no es un detalle menor.
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