Hay lugares que parecen detenidos en el tiempo por elección, y otros que quedaron así por olvido. Camarones tiene un poco de cada cosa. Quien llega por la Ruta 30, después de dejar atrás la Ruta 3 y atravesar kilómetros de estepa, se encuentra con un pueblo tranquilo, prolijo, recostado sobre una bahía que durante décadas fue puerta de salida de la lana patagónica. Esa historia portuaria no es un dato de museo: es la pista más clara de lo que Camarones puede volver a ser.
El problema es que Chubut suele mirar su costa en tramos. Madryn y la Península, por un lado; Comodoro y el Golfo San Jorge, por el otro. En el medio queda una franja de litoral extraordinaria que la política provincial trató siempre como paisaje de paso. Camarones es el corazón de esa franja, y su postergación dice mucho sobre cómo pensamos el desarrollo.
El mar como motor
La pesca es el punto de partida obvio. Camarones está frente a un caladero de enorme valor, con presencia de langostino, merluza y especies costeras, y con una tradición de pesca artesanal que sobrevive con más voluntad que respaldo.
A eso se suma una actividad que el resto del país apenas conoce: la recolección y el cultivo de algas, un recurso con demanda creciente en la industria alimentaria, farmacéutica y cosmética, donde la costa chubutense tiene ventajas naturales difíciles de replicar.
El desafío no es sacar más del mar, sino agregarle valor en tierra. Hoy, buena parte de lo que se captura en la zona se procesa lejos, y con esa mercadería se van también los empleos, la capacitación y la renta.
Un esquema que combine pesca artesanal ordenada, maricultura y pequeñas plantas de procesamiento podría generar trabajo estable sin repetir los errores de sobreexplotación que otras regiones pagaron caro. Camarones tiene escala para ser un laboratorio de pesca sustentable. Lo que no tiene es la infraestructura mínima para intentarlo.
Un puerto que espera
El puerto es la pieza que ordena todo lo demás. Sin un muelle en condiciones, con servicios de combustible, frío, energía y una operatoria previsible, la pesca artesanal no puede crecer y la llegada de inversiones queda en promesas de campaña.
No se trata de imaginar un puerto de aguas profundas que compita con los grandes, sino de un puerto pesquero y de servicios a la medida de la localidad, que también pueda recibir embarcaciones turísticas y de investigación.
Durante años se anunciaron obras, estudios y convenios que avanzaron a cuentagotas. La discontinuidad es el verdadero enemigo: cada gestión arranca de cero, cada cambio de funcionario congela expedientes.
Un puerto no se hace en un mandato y, por eso, necesita un consenso que trascienda los colores partidarios.
El turismo que ya existe
Si la pesca es el motor, el turismo es la vidriera. Camarones está a las puertas del Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral, el primero de su tipo en el país, un área protegida que reúne islas, colonias de lobos marinos, aves costeras y una de las pingüineras más accesibles de la Patagonia en Cabo Dos Bahías. Muchos destinos del mundo construyeron economías enteras con bastante menos.
A eso se suma la Fiesta Nacional del Salmón, que cada verano demuestra que Camarones puede convocar visitantes de toda la región. Y una historia cargada de identidad, desde el pasado lanero hasta la infancia de Juan Domingo Perón en estas tierras, que, bien contada, puede atraer un turismo cultural que hoy casi no existe.
El problema es que el turista llega, mira y se va. Faltan plazas hoteleras, gastronomía con oferta sostenida todo el año, guías formados, prestadores de excursiones náuticas y una estrategia de promoción que ubique a Camarones como destino propio y no como desvío.
El parque marino, en particular, sigue siendo más una categoría legal que una experiencia turística organizada.
Lo que falta para despegar
La lista es conocida y, por eso mismo, resulta más frustrante.
Primero, conectividad: la Ruta Provincial 1 hacia Comodoro Rivadavia, con largos tramos de ripio, condena a Camarones a depender de un único acceso y le impide integrarse a un circuito costero que podría unir Madryn, Trelew, Bahía Bustamante y el Golfo San Jorge.
Pavimentar ese corredor no es un lujo: es la obra que cambiaría el mapa turístico del sur chubutense.
Segundo, energía y servicios. Ninguna planta de procesamiento, ningún hotel de calidad y ningún puerto operativo funcionan sin provisión eléctrica confiable, agua y conectividad digital. Son condiciones básicas que en Camarones todavía se discuten.
Tercero, financiamiento y reglas claras. Los emprendedores locales necesitan crédito accesible y marcos normativos estables para invertir en embarcaciones, cabañas o cultivos de algas. Sin eso, cualquier proyecto queda en manos de quien tenga capital propio, y el desarrollo se vuelve excluyente.
Y cuarto, quizás lo más difícil: una visión compartida. Camarones necesita que Provincia, Municipio, Nación y el sector privado acuerden un plan de largo plazo con metas concretas, más allá de los calendarios electorales.
Con 2027 en el horizonte, sería una buena señal que el tema aparezca en la agenda de los candidatos, no como postal sino como compromiso medible.
Una oportunidad para toda la provincia
Chubut discute hace tiempo cómo diversificar una economía demasiado atada al petróleo. Camarones ofrece una respuesta modesta en escala pero enorme en significado: demuestra que el mar, la conservación y el trabajo pueden convivir.
Apostar por su puerto, su pesca y su turismo no es un gesto de caridad hacia un pueblo pequeño; es invertir en un modelo de desarrollo que la provincia necesita ensayar.
Camarones no pide milagros. Pide rutas, un muelle, energía y continuidad. Lo demás, el mar y el paisaje ya lo pusieron.
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