Hay candidaturas que se construyen para ganar elecciones y otras que se construyen para no desaparecer. La de Cristina Fernández de Kirchner pertenece, por ahora, a la segunda categoría. Condenada con sentencia firme en la causa Vialidad, con prisión domiciliaria en San José 1111 e inhabilitada de por vida para ejercer cargos públicos, la expresidenta no tiene hoy un camino legal visible hacia una boleta. Y sin embargo, desde hace meses, su espacio repite la consigna con disciplina: la candidata es Cristina.
La presentación ante el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, la hipótesis de una medida cautelar internacional y la idea de competir en unas PASO —si sobreviven— le dieron a esa consigna un andamiaje jurídico, aunque sea precario. Máximo Kirchner se convirtió en el vocero de esa estrategia y la sostiene con una lógica que conviene tomar en serio: sin Cristina en el centro, La Cámpora pierde capacidad de negociación frente al armado de Axel Kicillof. La candidatura, real o simbólica, es antes que nada una herramienta para no quedar absorbida.
El gobernador bonaerense, por su parte, eligió una ambigüedad calculada. El último 17 de octubre celebró por separado, pero cerró su discurso diciendo que la expresidenta está injustamente presa y que él está dispuesto a poner el cuerpo en 2027. Desde su entorno incluso deslizaron que, si una instancia internacional la habilitara, podría haber una interna entre ambos. Es una manera elegante de aceptar el desafío sabiendo que difícilmente llegue a concretarse.
LA CUNA QUE DEJÓ DE SER BASTIÓN
Para la Patagonia, esta discusión tiene una densidad particular. El kirchnerismo nació en Santa Cruz, se proyectó al país desde Río Gallegos y durante años trató a la región como su retaguardia natural. Pero esa geografía cambió hace tiempo.
Ya en 2021 el peronismo quedó tercero en Santa Cruz, Río Negro y Neuquén, y perdió en Chubut. En 2023, Claudio Vidal desplazó al kirchnerismo del gobierno santacruceño e Ignacio Torres terminó con dos décadas de gobiernos de raíz peronista en Chubut. En las legislativas del año pasado, La Libertad Avanza ganó o compitió de igual a igual en casi toda la región.
Hay además una ironía que ningún análisis patagónico puede esquivar: la causa que hoy inhabilita a Cristina trata precisamente sobre la obra vial en Santa Cruz. Lo que el kirchnerismo presentó durante años como reparación de una provincia postergada es, en el expediente judicial, el núcleo de la condena. Para una parte del electorado del sur, esa historia es persecución; para otra, es la prueba de un modelo de poder provincial que se agotó. Ambas lecturas conviven, y ninguna es mayoritaria con claridad.
Cristina aporta mística y militancia, pero también fija un límite.
EL EFECTO CRISTINA, PROVINCIA POR PROVINCIA
La figura de la expresidenta sigue funcionando en la región como un ordenador de identidades. En Santa Cruz, Pablo Grasso se quedó con la conducción del PJ y aspira a encabezar el regreso del peronismo a la gobernación; necesita la marca kirchnerista para movilizar a su base, pero también necesita que la elección no se convierta en un plebiscito sobre Vialidad.
En Río Negro, la familia Soria maneja el partido y apuesta a un escenario de tercios frente a Alberto Weretilneck, donde el voto duro cristinista es un piso valioso pero no un techo suficiente.
En Neuquén, el kirchnerismo de Oscar Parrilli disputa la estrategia de un PJ que prefirió acompañar a Rolando Figueroa. En Tierra del Fuego, Walter Vuoto representa la línea más fiel en una provincia donde el gobernador Gustavo Melella ya rompió con ese espacio.
El patrón se repite: Cristina aporta mística y militancia, pero también fija un límite. Ese techo electoral es exactamente el argumento que usan quienes, dentro del propio peronismo, prefieren una propuesta renovada.
CHUBUT, EL LABORATORIO
En Chubut el dilema es todavía más nítido. El PJ provincial viene de dos derrotas consecutivas y discute su candidatura a gobernador entre varios nombres: Juan Pablo Luque, que encabezó la lista legislativa y llegó a Diputados; Dante Bowen, que busca ampliar su territorio desde el valle; y José Glinski, que prefiere construir por fuera de los acuerdos de cúpula.
A eso se suma la sucesión en Comodoro Rivadavia, bastión histórico del peronismo, donde el intendente actual no tiene reelección y la definición municipal condiciona todo el armado provincial.
En ese tablero, la candidatura de Cristina es más un problema que una solución. Obliga a los dirigentes locales a tomar posición en una interna nacional que no controlan, justo cuando el kicillofismo empieza a hacer pie en la provincia a través de dirigentes gremiales y cuando el oficialismo de Torres —vía los Sastre y su partido Primero Chubut— suma intendentes de origen justicialista.
El gobernador, además, impulsa un frente de provincias que se presenta como alternativa tanto al kirchnerismo como a La Libertad Avanza. Cuanto más se nacionalice la elección en torno a Cristina, más fácil le resulta a Torres ubicarse en el centro y presentar al peronismo como un partido mirando hacia atrás.
Para el PJ chubutense, la discusión de fondo es si la próxima campaña se libra sobre el petróleo, el empleo y la caída de la actividad en la cuenca del Golfo San Jorge, o sobre la situación judicial de una expresidenta. Lo primero le permite disputar; lo segundo lo encierra en su núcleo duro.
UNA INFLUENCIA QUE NO SE MIDE EN VOTOS
Sería un error, sin embargo, dar por terminada la influencia de Cristina en el sur. Su peso ya no se mide en la capacidad de ganar elecciones patagónicas, sino en la capacidad de condicionar cómo se arman las listas, quién conduce los partidos y qué temas ocupan la agenda opositora. Una candidata que no puede ser candidata sigue siendo, en ese sentido, una pieza central del juego.
La pregunta que deberán responder los peronismos de la región en los próximos meses es sencilla de formular y difícil de resolver: cuánto de esa identidad necesitan para no perder a su base, y cuánto pueden cargar sin perder la elección.
La Patagonia fue la cuna del kirchnerismo. Lo que está en discusión ahora es si también será el lugar donde el peronismo aprenda a ganar sin él.
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