El 31 de octubre, se celebra en la Argentina el Día de las Iglesias Evangélicas y Protestantes, una fecha que el propio gobierno de Javier Milei incorporó al calendario oficial en 2024. Y el Presidente eligió pasarla en Neuquén, inaugurando el nuevo auditorio de la iglesia Jesús es Rey, el templo evangélico más grande de la Patagonia, frente a la terminal de ómnibus de la capital provincial. No es un gesto aislado ni una agenda de ocasión: es la segunda megaiglesia que Milei inaugura en poco más de un año, y es la congregación de la familia de Nadia Márquez, pastora, senadora nacional por La Libertad Avanza e hija de uno de los dirigentes de la cúpula de ACIERA. En una sola foto se condensa una relación que ya dejó de ser anécdota para convertirse en una pieza del armado político del oficialismo.
De la rareza a la política de Estado
Hace apenas unos años, la cercanía entre un economista libertario de verba furiosa y el mundo pentecostal parecía una curiosidad de campaña: encuentros en el conurbano con predicadores barriales, alguna bendición sobre candidatos de listas improvisadas, pastores que encontraban en la cruzada contra el aborto y la “ideología de género” un idioma común con el outsider. Hoy el vínculo tiene institucionalidad, presupuesto y bancas.
El punto de quiebre fue el 5 de julio de 2025 en Resistencia. Milei se convirtió en el primer jefe de Estado argentino en hablar desde el púlpito de un templo evangélico masivo, el Portal del Cielo del pastor Jorge Ledesma, con capacidad para quince mil personas. Allí no habló de fe en abstracto: usó la Biblia para defender el ajuste, presentó al Estado como una fuerza demoníaca y prometió que despertar a la fe traería no sólo el cielo sino también prosperidad terrenal. Fue, en sentido literal, un sermón económico.
A eso se sumaron decisiones concretas. El decreto 486/2025 habilitó a las iglesias a inscribirse como personas jurídicas, un reclamo histórico de los cultos no católicos, que durante décadas vivieron bajo la figura de asociaciones civiles mientras la Iglesia Católica gozaba de un estatus propio. La Secretaría de Culto, rebautizada “de Culto y Civilización”, se volvió interlocutora habitual de ACIERA. Y en diciembre pasado, mientras la Conferencia Episcopal esperaba sin respuesta una audiencia navideña, Milei abrió la Casa Rosada para un encuentro con pastores evangélicos. La señal hacia los obispos fue tan nítida como la dirigida a los pastores.
Lo que cada uno gana
La lógica de la alianza es menos misteriosa de lo que parece. La Libertad Avanza nació sin estructura territorial, sin intendentes, sin sindicatos y sin la red de punteros que sostiene a los partidos tradicionales. Las iglesias evangélicas, en cambio, tienen exactamente eso: presencia capilar en los barrios populares, liderazgos con capacidad de convocatoria, redes de asistencia y una militancia disciplinada. Las estimaciones hablan de entre un 15 y un 20 por ciento de la población, con fuerte concentración en los sectores de menores ingresos, justamente donde el libertarismo necesitaba anclaje. Para un partido que construyó su poder desde las redes sociales, el templo es la unidad básica que nunca tuvo.
Del otro lado, el evangelismo obtiene algo que buscó durante cuarenta años de democracia: reconocimiento simbólico y paridad con el catolicismo. Un presidente que pisa sus templos, un día propio en el calendario, personería jurídica, acceso a la Rosada y, sobre todo, representación. Tras las legislativas de 2025, el Congreso sumó la mayor cantidad de legisladores evangélicos de su historia, y la enorme mayoría llegó por las listas violetas. En provincias como Neuquén, Córdoba, Jujuy o Tierra del Fuego, pastoras y referentes de congregaciones grandes se volvieron piezas del armado que conduce Karina Milei.
Las grietas dentro de la grey
Sería un error, sin embargo, leer esta relación como la conquista de un bloque homogéneo. El mundo evangélico argentino es diverso hasta la fragmentación: conviven protestantes históricos, bautistas, pentecostales clásicos y neopentecostales de la prosperidad, con tradiciones teológicas y sociales muy distintas. La reacción al acto de Chaco lo dejó en evidencia. Norberto Saracco, probablemente el teólogo pentecostal más respetado del país y miembro de la conducción de ACIERA, calificó la presencia presidencial en el púlpito como lamentable y acusó al discurso de distorsionar el Evangelio. No fue una voz marginal: expresó la incomodidad de quienes ven en la identificación entre fe y motosierra un riesgo para la propia identidad religiosa.
Tampoco está probado que exista un “voto evangélico” disciplinado. Los partidos confesionales que intentaron capitalizarlo fracasaron una y otra vez, y los investigadores que estudian el fenómeno coinciden en que lo que hoy se observa es una convergencia coyuntural de agendas más que un alineamiento orgánico. El fiel de Resistencia o del oeste neuquino vota, como todos, también con el bolsillo. Si el ajuste castiga a los barrios donde las iglesias sostienen comedores y contienen consumos problemáticos, la bendición pastoral puede no alcanzar para torcer el humor social.
Las tensiones de fondo
Hay, además, contradicciones que el oficialismo todavía no resolvió. La primera es doctrinaria: un presidente formado en el catolicismo, con un vínculo personal intenso con el judaísmo y una visita de Estado a Israel en su agenda reciente, se presenta como aliado natural de un movimiento que tiene otra teología y otras prioridades. La afinidad existe en el plano de la “batalla cultural” —familia, aborto, educación sexual, rechazo al progresismo—, pero se vuelve más frágil cuando se trata de política social. Muchas iglesias funcionan como red de contención frente a la pobreza, y un discurso que identifica toda intervención estatal con el mal convive con dificultad con la tarea cotidiana de pastores que gestionan ayuda alimentaria, a veces con fondos públicos.
La segunda tensión es institucional. La preferencia explícita por los evangélicos tiene como contracara un enfriamiento con la Iglesia Católica que el Gobierno parece administrar como un activo político más que como un costo. En un país donde la mayoría sigue declarándose católica y donde la Pastoral Social y los curas villeros tienen enorme peso territorial, esa apuesta es de alto riesgo.
La tercera es republicana. La Argentina tiene una larga y dolorosa historia de confusión entre altar y poder. Que esa historia haya sido mayoritariamente católica no vuelve inocua su versión evangélica. Cuando el presidente sube a un púlpito a hablar de economía y los templos se convierten en escenarios de actos con candidatos, la frontera entre culto y campaña se adelgaza, y eso debería preocupar tanto a laicos como a creyentes.
Lo que viene
Con 2027 en el horizonte, la relación entre La Libertad Avanza y las iglesias evangélicas probablemente se profundice. El oficialismo necesita territorio y el evangelismo encontró, por primera vez, un gobierno dispuesto a tratarlo como actor de primera línea. Pero las alianzas basadas en enemigos comunes suelen ser más sólidas en la oposición que en la gestión. La prueba de fuego no será la cantidad de templos que el Presidente inaugure, sino si los fieles que llenan esos auditorios sienten que la prosperidad prometida desde el púlpito llega también a sus casas. Ahí, más que en cualquier bendición, se juega el destino de esta sociedad entre la fe y la motosierra.
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