Hace apenas un mes, la conversación pública en la provincia giraba en torno a la escasez. Los informes técnicos señalaban que el río Chubut, en algunos tramos, llevaba hasta un 77% menos de caudal que su promedio histórico. Al mismo tiempo, el río Senguer mostraba una merma preocupante y el Gobierno provincial había declarado la emergencia hídrica por un año.
Hoy, las imágenes son otras: el río Chubut crecido y turbio a la altura de El Maitén, arroyos desbordados en la Comarca Andina y una familia rescatada en bote por personal de Protección Civil en Lago Puelo.
La tentación es interpretar esta situación como un alivio o como una ironía del destino. Sin embargo, ninguna de las dos lecturas alcanza. Lo que muestra esta secuencia es algo más incómodo: frente a extremos cada vez más marcados, Chubut todavía depende en gran medida de que el cielo se comporte.
Un temporal no termina una sequía
Conviene poner los hechos en perspectiva. Un temporal de pocos días, por intenso que sea, no revierte años de déficit hídrico.
El embalse del Dique Florentino Ameghino comenzó a recuperar nivel. A comienzos de septiembre, el ingreso de agua superaba los 30 metros cúbicos por segundo y el lago ganaba alrededor de diez centímetros diarios. Se trata de una buena noticia para el valle inferior, el riego y el abastecimiento de las ciudades que dependen del río.
Sin embargo, la recuperación de los reservorios, las napas y los suelos es un proceso lento. Además, el agua que baja de manera repentina y turbia no cumple la misma función que la nieve acumulada, que luego se derrite gradualmente durante la primavera.
Ahí aparece uno de los principales nudos del problema. El régimen natural de los ríos cordilleranos depende en buena medida de la nieve, que funciona como un reservorio natural y permite una liberación gradual del agua.
Cuando las precipitaciones llegan en forma de lluvias torrenciales en lugar de nevadas, el agua escurre rápidamente, arrastra sedimentos, erosiona el suelo y termina perdiéndose. Si además cae sobre laderas afectadas por los incendios de los últimos veranos, donde la vegetación ya no puede cumplir su función de retención, el impacto es todavía mayor.
Es el mismo volumen de agua, pero con mucho menos aprovechamiento y mucho más riesgo.
La misma infraestructura para dos problemas
La paradoja es solo aparente. La sequía y la crecida son dos caras de un mismo déficit: la falta de infraestructura suficiente para regular el agua.
Las obras que permiten almacenar agua durante los períodos secos son, en buena medida, las mismas que ayudan a amortiguar los picos de caudal durante los períodos húmedos.
El Dique Florentino Ameghino lo demuestra desde hace décadas. Sin la presa, cada crecida del río Chubut representaría un problema para el Valle Inferior del Río Chubut y cada período de estiaje podría convertirse en una emergencia.
En el sur de la provincia, la discusión tiene nombre propio: la presa en la naciente del río Senguer, cuya reactivación fue planteada luego de las negociaciones con Nación.
El proyecto está pensado con una doble función: controlar crecidas y contribuir a estabilizar el suministro de agua hacia el lago Musters, del que dependen Sarmiento, Comodoro Rivadavia, Rada Tilly y Caleta Olivia.
El Ejecutivo provincial la presenta como una de las tres obras —junto con la repotenciación del Musters y del acueducto— que deberían contribuir a resolver de manera definitiva la crisis de acceso al agua en la zona.
Es una promesa ambiciosa para una región que ya escuchó muchas.
La sequía y la crecida no son problemas opuestos: son dos síntomas de una misma falta de capacidad para regular el agua.
Un problema que también afecta a Comodoro
En Comodoro Rivadavia, el tema está lejos de ser abstracto. La ciudad conoce de memoria los cortes de agua, los cronogramas por sectores, las discusiones sobre las pérdidas en la red y la dependencia de un único sistema de abastecimiento.
Que llueva en la cordillera no resuelve por sí solo ninguna de estas cuestiones si el agua no llega, si se pierde durante el trayecto o si la cuenca del Senguer continúa expuesta a tomas sin control, desvíos destinados al riego por inundación y usos industriales poco transparentes.
Gestionar la variabilidad
El vaivén de este año deja en evidencia que Chubut no puede continuar planificando sobre la base de un clima “promedio” que parece ser cada vez menos representativo.
Los extremos —meses de caudales mínimos seguidos de semanas de desbordes— obligan a pensar una política hídrica preparada para la variabilidad y no únicamente para la excepción.
Eso implica varias medidas al mismo tiempo: sistemas de alerta temprana y monitoreo en tiempo real en las cuencas cordilleranas, para evitar que las crecidas sorprendan a quienes viven cerca de los cauces; un ordenamiento del uso del agua en el Senguer, acompañado por controles efectivos sobre las tomas y los desvíos; inversiones sostenidas en las redes urbanas, que pierden una parte significativa del agua que transportan; y continuidad en las obras de regulación, más allá de los ciclos electorales y de las decisiones presupuestarias de Nación.
La emergencia hídrica declarada en agosto no debería interpretarse como un trámite que la lluvia volvió innecesario.
Por el contrario, este podría ser el momento de aprovechar la situación. Con los embalses recuperando nivel y la presión inmediata algo más baja, se abre una ventana para hacer aquello que, en plena crisis, suele quedar postergado: planificar.
En la Patagonia, el agua siempre fue un recurso estratégico. Lo que cambió es que ahora llega de manera más errática: a veces en exceso y otras veces en cuentagotas.
La pregunta ya no es si va a llover o no.
La pregunta es si la provincia estará preparada para lo que caiga.
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