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Trevelin, la cosecha que todavía no llegó

El valle cordillerano ya demostró que puede producir vinos de clima frío con identidad propia. El desafío ahora es convertir ese logro en una ruta turística capaz de diversificar la economía y retener al visitante.

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Trevelin, la cosecha que todavía no llegó

Por Emiliano

Hay lugares que esperan su momento con paciencia de agricultor. Trevelin es uno de ellos. Durante más de un siglo, el pueblo que levantaron los colonos galeses al pie de la cordillera fue sinónimo de molinos, de trigo, de casas de té y de una épica fundacional que todavía se cuenta en las escuelas del valle. Hoy, a esa identidad se le suma una capa nueva, inesperada para muchos: la de una región vitivinícola que produce algunos de los vinos más australes del mundo y que, sin embargo, apenas empieza a mostrar lo que puede dar.

No es un dato menor. Cuando se empezó a hablar de plantar viñedos en el Valle 16 de Octubre, la reacción habitual era el escepticismo: heladas tardías, temporadas cortas, viento. La experiencia de un puñado de productores pioneros demostró lo contrario. El reconocimiento de la Indicación Geográfica Trevelin, la primera de Chubut, fue la confirmación institucional de algo que ya se intuía en las copas: el clima frío, la amplitud térmica y los suelos del valle pueden dar Pinot Noir, Chardonnay, Sauvignon Blanc y blancos aromáticos con identidad propia, de acidez vibrante y perfil fresco, justo lo que el mercado internacional busca cada vez más.

Un activo que no se puede copiar

El vino de clima frío dejó de ser una curiosidad para convertirse en una tendencia global. El cambio climático empuja la frontera vitícola hacia el sur, y los consumidores, sobre todo los de mayor poder adquisitivo, valoran cada vez más la frescura, la moderación alcohólica y el origen.

En ese tablero, Trevelin tiene algo que ninguna estrategia de marketing puede fabricar: un territorio con historia, paisaje y relato. Un vino que nace en la tierra de los galeses, a la sombra de los Andes y a minutos de un Parque Nacional declarado Patrimonio de la Humanidad no necesita inventarse una narrativa. Solo necesita contarla bien.

Y ahí aparece el verdadero potencial: no en el vino solo, sino en el vino como puerta de entrada. Una ruta del vino no es un listado de bodegas; es una forma de organizar la experiencia turística de todo un territorio. Trevelin ya tiene los ingredientes: los campos de tulipanes que cada primavera convocan a miles de visitantes, el Molino Nant Fach, las casas de té, la cercanía con Esquel y La Hoya, el acceso a Los Alerces, la pesca deportiva, el paso a Chile por Futaleufú.

Lo que falta es el hilo que los una en una propuesta coherente, capaz de retener al turista más de una noche y de lograr que gaste en el valle lo que hoy gasta de pasada.

Lo que todavía falta

Sería injusto decir que no se hizo nada. Pero sería ingenuo creer que lo hecho alcanza. El desarrollo enoturístico de Trevelin enfrenta cuellos de botella conocidos.

La escala productiva sigue siendo pequeña, y eso limita la presencia de sus vinos en góndolas y cartas fuera de la región. La conectividad aérea de Esquel es irregular y depende de decisiones que se toman lejos. La oferta de alojamiento de categoría, gastronomía de autor y servicios para el visitante de alto gasto todavía es incipiente.

Y el financiamiento para quien quiere plantar, una inversión que tarda años en dar retorno, es escaso y caro, como en casi toda la economía argentina.

A eso se suma un problema de coordinación. Productores, prestadores turísticos, municipio y provincia avanzan muchas veces por carriles paralelos. Mendoza no se hizo Mendoza solo con buen clima: se hizo con décadas de política sostenida, inversión en infraestructura, articulación entre el Estado y el sector privado, y una marca territorial trabajada con constancia.

Trevelin no necesita copiar ese modelo, pero sí aprender de él.

Una agenda posible

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Hay medidas al alcance de la mano. Líneas de crédito específicas para la implantación de viñedos, con períodos de gracia acordes al ciclo de la vid.

Un calendario de eventos que estire la temporada más allá del verano y de los tulipanes: la vendimia, la poda, el invierno con nieve y tintos al calor de la estufa.

Capacitación para que la gastronomía local ponga los vinos del valle en el centro de la mesa. Señalización, promoción conjunta con toda la Comarca de Los Alerces y una estrategia para llevar la etiqueta Trevelin a las ferias y vinotecas de Buenos Aires y del exterior.

Nada de esto exige inventar la pólvora; exige decisión y continuidad.

También hay una discusión que conviene dar a tiempo: la del modelo de desarrollo. El encanto de Trevelin está en su escala humana, en su paisaje intacto, en la convivencia entre lo rural y lo turístico.

Un crecimiento desordenado, con loteos sin planificación, presión sobre el agua y encarecimiento del suelo para los propios vecinos, podría erosionar justamente aquello que lo hace atractivo. El desafío es crecer sin perder el alma.

Diversificar, la vieja deuda de Chubut

Hay, además, una lectura provincial. Chubut lleva décadas atada a los vaivenes del petróleo, la pesca y la lana. Cada crisis de precios internacionales se traduce en conflicto, desempleo y caída de recursos.

La cordillera ofrece una alternativa que no depende del valor de un barril ni de una cotización: un turismo de valor agregado, sostenible y con arraigo local.

El vino de Trevelin es una pieza chica en esa ecuación, pero simbólicamente potente. Demuestra que en Chubut se puede producir calidad, con identidad y con futuro.

Los colonos que llegaron al valle a fines del siglo XIX tuvieron que convencer a una tierra desconocida de que podía dar trigo. Lo lograron con trabajo, paciencia y una buena dosis de audacia.

Sus descendientes, y los nuevos pobladores que eligieron el valle, están escribiendo un capítulo parecido con la vid. La cosecha todavía no llegó del todo. Pero las raíces ya están plantadas, y lo que Trevelin puede dar depende, en buena medida, de que alguien decida regarlas.

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