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Tierra del Fuego: la sucesión que Melella no supo ordenar

El gobernador apostó su último capital político a una reforma constitucional que terminó en los tribunales. Mientras tanto, la carrera por 2027 se armó sin él en el centro del tablero.

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Tierra del Fuego: la sucesión que Melella no supo ordenar

Hay gobernadores que administran su salida y gobernadores a los que la salida los administra. Gustavo Melella pertenece, a esta altura, a la segunda categoría. A poco más de un año del final de su segundo mandato, el hombre que en 2019 rompió la lógica bipartidista fueguina y en 2023 revalidó con más de la mitad de los votos llega al tramo final de su gestión sin reforma, sin mayoría legislativa y sin un delfín propio. La pregunta en Tierra del Fuego ya no es quién lo sucederá, sino cuánto pesará su palabra en esa definición.

La reforma como bala de plata

El error de cálculo tiene nombre: la reforma constitucional. Desde que la Legislatura de la gestión anterior declaró su necesidad en diciembre de 2023, el proyecto cargó con una sospecha que el oficialismo nunca logró disipar: que detrás de la modernización de la Carta Magna se escondía la habilitación de un tercer mandato. Melella lo negó, la oposición lo repitió y la sociedad fueguina, a juzgar por los sondeos que circularon, eligió creerle a la oposición.

La secuencia de este año fue la de un proyecto que se desangra por etapas. A fines de abril, el gobernador convocó a elecciones de convencionales para el 9 de agosto. Horas después, en una sesión de madrugada, la Legislatura derogó la ley que declaraba la necesidad de la reforma por once votos contra cuatro. Melella vetó; la Cámara insistió. Luego llegó el golpe judicial: la Justicia electoral anuló el decreto de convocatoria por no haberse cumplido las condiciones que el propio Superior Tribunal había fijado. El 9 de agosto pasó sin urnas. Lo que queda es una apelación pendiente y una causa en la Corte provincial que, aun si se resolviera a favor del Ejecutivo, difícilmente alcance los tiempos políticos de una elección que ya está en marcha.

El dato más elocuente no fue la derrota, sino la soledad. En la votación decisiva, sólo FORJA y un aliado menor acompañaron al gobernador. Peronistas, libertarios, radicales y provinciales coincidieron en algo que rara vez los une: no permitir que Melella reescribiera las reglas en su último año.

Gobernar con la caja vacía

La reforma no cayó en el vacío. Cayó en una provincia con conflicto docente prolongado, reclamos salariales en toda la administración pública, renuncias en el equipo económico y episodios de gestión que golpearon la vida cotidiana, como los problemas de abastecimiento de gas en pleno invierno. En ese contexto, el argumento opositor fue tan simple como eficaz: no hay recursos para pagar sueldos, menos aún para financiar una convención constituyente.

A eso se sumó el frente con los intendentes. La disputa por la coparticipación enfrentó al gobernador con Walter Vuoto, su socio en la fórmula de poder de 2023, al punto de que el intendente de Ushuaia celebró públicamente la caída de la reforma. Que meses después ambos hayan sellado un armisticio dice menos de una reconciliación que de una necesidad mutua: ninguno de los dos llega a 2027 en condiciones de prescindir del otro.

Tres peronismos y una aritmética incómoda

El escenario de la sucesión se lee mejor con los números de octubre de 2025 sobre la mesa. La Libertad Avanza ganó la provincia con algo más del 38%; el frente que compartieron Melella y Vuoto quedó en torno al 31%; y Defendamos Tierra del Fuego, la apuesta de Martín Pérez, superó el 20%. Sumados, los dos peronismos superan holgadamente al oficialismo nacional. Separados, ninguno gana.

Ahí está el nudo. Vuoto, que no puede volver a ser intendente, ya decidió ir por la Gobernación y cerró filas con Melella. Controla el PJ provincial y la estructura de la capital, pero hereda también el desgaste de un gobierno con imagen negativa muy extendida. Su desafío es aprovechar el aparato sin cargar con la mochila.

Pérez, también sin reelección en Río Grande, juega otra partida. Su vínculo con Axel Kicillof, escenificado en el plenario de Avellaneda junto al intendente de Tolhuin, Daniel Harrington, lo ubica en la discusión nacional del peronismo y le permite ensayar algo que en Tierra del Fuego tiene tradición: el provincialismo como identidad por encima de los sellos. Su apuesta es construir una alternativa amplia que no dependa ni de la Casa de Gobierno ni del PJ que conduce su rival. Por ahora, eligió no hablar de candidaturas hasta fin de año, un silencio que también es un mensaje.

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La ciudad más poblada y la capital, cada una con su candidato. Es una vieja historia fueguina, y casi nunca terminó bien para quien llegó dividido.

Los libertarios y su propia interna

Enfrente, La Libertad Avanza tiene la ventaja del resultado reciente y el problema de no haber resuelto quién lo capitaliza. El senador Agustín Coto, jefe partidario y con línea directa con los hermanos Milei y con Patricia Bullrich, aparece en Buenos Aires como el candidato natural. El diputado Santiago Pauli, respaldado por el armado de los Menem, no resigna su aspiración. La definición, como en casi todas las provincias, se tomará en Balcarce 50 y no en Ushuaia.

Para el oficialismo nacional, Tierra del Fuego es una plaza tentadora: un distrito donde ya ganó, gobernado por un mandatario con quien la relación es distante y con un peronismo fragmentado. Pero también es una provincia con una economía atada a un régimen industrial que la política nacional discute periódicamente, y un electorado particularmente sensible a cualquier señal sobre su futuro productivo. Lo que funcionó en una elección legislativa de medio término no se traslada automáticamente a una ejecutiva, y menos con balotaje de por medio si nadie supera el 50%.

El resto del tablero

Completan el mapa actores que, sin aspirar todos a ganar, pueden definir quién lo hace. Jorge Lechman, de Somos Fueguinos, capitalizó su papel como principal opositor judicial a la reforma y ya anunció aspiraciones provinciales. El Movimiento Popular Fueguino discute su estrategia. Federico Sciurano ensaya un regreso al radicalismo. El PRO deberá decidir si existe por sí mismo o se disuelve en la alianza libertaria. En un sistema con segunda vuelta, cada uno de esos puntos porcentuales vale como moneda de negociación.

Lo que queda en manos del gobernador

Melella conserva todavía algunas herramientas: la lapicera del presupuesto, la relación con los municipios, una estructura partidaria propia y el tiempo que resta de gestión. Pero su margen ya no es el de quien elige sucesor, sino el de quien puede, a lo sumo, inclinar la balanza. Su respaldo a Vuoto suma recursos, aunque también carga costos. Su distancia con Pérez le resta un puente con el sector que podría ser decisivo en un balotaje.

La lección fueguina excede a la provincia. Los liderazgos que dedican su último capital político a prolongarse suelen terminar sin prolongación y sin herencia. Melella tenía la oportunidad de ordenar la transición desde la gestión; eligió, en cambio, discutir las reglas. El resultado es una sucesión que se arma a su alrededor, con él como referencia pero no como protagonista.

Tierra del Fuego llega a 2027 con un peronismo que todavía puede ganar si resuelve su aritmética, un oficialismo nacional que puede ganar si resuelve su interna, y una sociedad agotada de ambas discusiones mientras espera que alguien hable de salarios, de gas y de trabajo. Quien entienda primero ese orden de prioridades tendrá más chances que quien llegue con el mejor sello.

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