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Ruta 3: el peligro que la política decidió no mirar

Los pozos obligan a dar volantazos entre Garayalde y Comodoro y, en el Cañadón Ferrais, los camiones descienden a 20 kilómetros por hora. Más de treinta dirigentes y funcionarios del sur chubutense transitan regularmente una ruta deteriorada y peligrosa. ¿Cómo es posible que la ciudad más rica de la Patagonia siga teniendo ese acceso de mano simple mientras se priorizó la doble trocha entre Trelew y Puerto Madryn? ¿Por qué todavía no existe un reclamo común por obras concretas?

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Hay dos escenas que se repiten todas las semanas en la Ruta 3 y que nadie filma.

La primera es un volantazo. Un auto que viene a velocidad de ruta, un pozo que aparece tarde —porque en esa calzada gris sobre gris los pozos aparecen siempre tarde— y una decisión que hay que tomar en menos de un segundo: entrarle de lleno y rezar por la llanta, o esquivarlo. Si lo esquiva hacia adentro, se mete en el carril contrario. Si lo esquiva hacia afuera, se va a la banquina inestable. Las tres opciones son malas. La que muchos eligen es la tercera, y por eso las fotos que acompañan esta nota muestran lo que muestran: camiones circulando con una rueda arriba de la banquina, fuera de la calzada, porque el asfalto directamente ya no les sirve.

Un camión cargado con una rueda en la banquina no es una postal pintoresca. Es un vuelco esperando la nube de tierra que le tape la vista al que viene de frente. Y un reventón a 100 kilómetros por hora en un pozo profundo tampoco es una molestia mecánica: es un despiste.

La segunda escena es una fila. Una camioneta con patente oficial encolumnada en la bajada del Cañadón Ferrais, a paso de hombre, detrás de un camión que desciende a no más de veinte kilómetros por hora porque no puede hacer otra cosa. Adentro va un gobernador, un intendente, un senador, un diputado, un concejal. Mira el reloj. Se asoma al carril contrario, mide, desiste. Vuelve a la fila.

Y cuando finalmente llega a destino, se acomoda el saco y da una conferencia de prensa sobre absolutamente cualquier otra cosa.

Los pozos: el peligro que ya nadie disimula

El tramo Garayalde–Comodoro Rivadavia son 180 kilómetros de asfalto deformado, ondulado y agujereado. Un relevamiento periodístico de hace tres años contabilizó más de cien pozos en ese trayecto. Nadie desmintió el número. Nadie lo corrigió a la baja, que sería lo esperable si algo se hubiera arreglado en serio desde entonces. Y cada invierno, cada lluvia y cada helada agrandan lo que había.

Conviene decir en voz alta lo que todo el que maneja por ahí sabe, para que no quede en anécdota de sobremesa. Un pozo en ruta abierta no es un pozo de calle de barrio. A velocidad de ruta, un bache profundo revienta un neumático, dobla una llanta, rompe un tren delantero. Y un neumático que revienta a esa velocidad no te deja el auto detenido en la banquina: te lo cruza. De ahí a la mano contraria hay medio segundo.

Lo otro es el volantazo. Cientos de conductores esquivan pozos todos los días en esa traza, y cada esquive es una invasión del carril contrario o una salida a una banquina que Vialidad Nacional describe, en sus propios partes, como inestable.

Nadie esquiva por comodidad. Esquiva porque la alternativa es peor.

Y después está lo que muestran las fotos de esta nota, que es la síntesis de todo: camiones que ya circulan con una rueda arriba de la banquina. No lo dice un pasquín. Lo certifica la imagen. Cuando un transportista profesional decide que es más seguro andar con medio vehículo fuera del asfalto que sobre el asfalto, la discusión sobre el estado de la ruta está terminada. Lo que sigue es solamente esperar el día.

Y encima, el Ferrais

Dentro de ese mismo tramo está el Cañadón Ferrais: casi cincuenta kilómetros de subidas, bajadas y contrapendientes encadenadas, sobre una traza de una sola mano por sentido, a más de 400 metros sobre el nivel del mar, donde el viento acelera dentro del cañadón como en un túnel, donde en invierno se forma hielo y cae nieve, y donde los camiones no bajan a veinte por hora por prudencia sino porque físicamente no pueden ir más rápido.

No es percepción de vecino enojado. Vialidad Nacional lo trata como zona crítica: intervino con fresado y corrección de deformaciones de calzada entre los kilómetros 1.794 y 1.810, a la altura del Ferrais, en el acceso norte a Comodoro.

Sus propios partes de transitabilidad marcan una y otra vez el tramo Garayalde–Comodoro como el sector más complejo de la provincia: calzada deforme, banquinas inestables, baches en sectores, animales sueltos.

Y cada tanto, el Ferrais hace lo que hace siempre: se cierra. En mayo de este año, un camión encajado en la banquina cortó el tránsito por completo durante horas y dejó a cientos de automovilistas, transportistas y pasajeros varados en ambos sentidos. Un solo vehículo. Un cañadón. Y la principal arteria de la Patagonia central clausurada media jornada.

Son dos problemas distintos y hay que nombrarlos por separado, porque tienen soluciones distintas. Los pozos se resuelven con bacheo profundo y un plan de repavimentación sostenido: es caro, pero es rutina técnica. El Ferrais se resuelve con ensanchamiento, terceros carriles de ascenso o directamente sacando de ahí a los camiones pesados: es obra mayor, con proyecto y financiamiento.

Lo único que comparten es lo que sigue.

Los que pasan y no ven

Hagamos el ejercicio incómodo. El de los nombres.

Por ahí pasa el gobernador Ignacio “Nacho” Torres. Pasa el vicegobernador Gustavo Menna. Pasa el intendente de Comodoro Rivadavia, Othar Macharashvili, y su viceintendente, Maximiliano Sampaoli. Pasa la intendenta de Rada Tilly, Mariel Peralta, y la presidenta de su Concejo Deliberante, Carolina Barquín. Pasa el intendente de Sarmiento, Sebastián Balochi, que para llegar a Rawson tiene que hacer sí o sí Comodoro y después el cañadón.

Pasan los tres senadores nacionales por Chubut: Carlos Linares, comodorense y ex intendente de la ciudad; Andrea Cristina, también nacida en Comodoro; y Edith Terenzi. Pasan los diputados nacionales Juan Pablo Luque, Maira Frías y César Treffinger —los tres, casualmente, comodorenses—.

Pasan los legisladores provinciales del sur: Juan Pais, comodorense y presidente del bloque Arriba Chubut; Emanuel Fernández, Andrea Aguilera, Tatiana Goic, Luis Juncos. Y pasan los funcionarios del Ejecutivo provincial que bajan al sur por agenda, como el secretario de Ambiente y Control del Desarrollo Sustentable, Juan José Rivera.

Pasa también Ana Clara Romero, que hoy no ocupa banca —cumplió su mandato como diputada nacional en diciembre pasado— pero sigue siendo una de las referentes más activas de la ciudad, con estructura propia, presencia permanente y nombre puesto en cualquier conversación sobre candidaturas. Un dirigente sin cargo no está exento: si aspira a representar a Comodoro, se le puede pedir que diga qué haría con la ruta por la que también viaja.

Pasan también los concejales de Comodoro Rivadavia y de Rada Tilly.

Son más de treinta. Y son apenas los que entran en esta nota: la lista podría seguir con decenas de legisladores, secretarios, subsecretarios, directores provinciales y funcionarios municipales que hacen el mismo camino con la misma frecuencia y que acá no están nombrados solamente por una cuestión de espacio. El que no figura no está absuelto: está en la misma fila de autos.

Treinta y pico de personas que ocupan cargos públicos, que cobran del erario, que viajan a Rawson por gestiones, a Trelew por reuniones, a Puerto Madryn por congresos. Treinta y pico de personas que se saben de memoria en qué curva del Ferrais hay que aminorar y detrás de qué camión uno se resigna a perder veinte minutos.

Y sin embargo, el ensanchamiento del Cañadón Ferrais no aparece en ningún discurso de apertura de sesiones, en ninguna plataforma, en ninguna conferencia de prensa, en ningún proyecto que haya movido el amperímetro.

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¿Son ciegos? ¿Son sordos? ¿Son mudos? ¿O simplemente se hacen?

El escudo perfecto: la jurisdicción

Existe, claro, la respuesta técnica. Y es cierta: la Ruta 3 es de jurisdicción nacional, y su mantenimiento está bajo un esquema modular que administra la Provincia.

Cada vez que llueve y el tramo urbano de Comodoro —la avenida Hipólito Yrigoyen— se convierte en un colador, desde el Municipio recuerdan, con razón formal, que la calzada no es suya. El secretario de Infraestructura, Fernando Ostoich, lo explicó públicamente y reclamó respuestas.

Perfecto. Pero acá está la trampa del argumento: la jurisdicción define quién paga y quién ejecuta. No define quién puede hablar.

Un concejal de Rada Tilly no tiene competencia sobre una ruta nacional. Tampoco la tiene sobre el precio del combustible ni sobre la política monetaria, y sin embargo el Concejo saca declaraciones sobre todo eso cuando le conviene. Un diputado provincial no ejecuta obra vial nacional, pero puede pedir informes, interpelar, convocar, viajar a Buenos Aires y golpear una puerta. Un senador nacional no maneja Vialidad, pero vota el Presupuesto: el instrumento donde se decide, con nombre y partida, qué ruta se arregla y cuál no.

La jurisdicción no es un argumento. Es un paraguas. Y hace años que toda la dirigencia del sur chubutense se refugia debajo del mismo.

Falta un expediente

En Chubut se hace obra vial. En el Valle avanza la doble trocha entre Trelew y Rawson, y está muy bien que avance. Acá no se trata de comparar regiones ni de discutir prioridades ajenas.

Lo que se echa de menos en el sur es algo más modesto: un expediente. Para el tramo Garayalde–Comodoro y para el Cañadón Ferrais no hay hoy un cronograma público ni un plazo que un vecino pueda consultar.

Hay, sí, un camino posible: la pavimentación de la Ruta 37, que empalma con la Ruta 3 a la altura del Ferrais y permitiría sacar de ahí a los camiones pesados. Ojalá se concrete, porque sería una solución de fondo.

Mientras tanto, los camiones siguen bajando el cañadón a veinte por hora y circulando con una rueda en la banquina.

Lo peor no es el asfalto

Lo peor no son los pozos. Los pozos se tapan.

Lo peor es el silencio frente al riesgo. Por el Ferrais circulan todos los días cientos de vecinos que no viajan en camioneta con chofer: gente que va al médico a Trelew porque en Comodoro no consiguió turno, camioneros que sostienen la logística de toda la cuenca, estudiantes, viajantes, familias enteras un domingo a la tarde intentando pasar a un camión en una pendiente donde no se debe pasar.

En marzo de este año, un choque fatal a la altura de Garayalde volvió a poner el tema en los diarios durante cuarenta y ocho horas. Después, como siempre, el tema se fue.

Un corredor así no es una molestia. Es una política pública pendiente con costo medible en vidas. Y una cuestión de Estado —de esas que deberían estar por encima de cualquier interés partidario, de cualquier interna, de cualquier cálculo de cara a 2027— no puede depender de que a alguien se le pinche una goma en el momento indicado.

Lo que se pide es ridículamente poco

No se pide un milagro. Se pide algo que en cualquier provincia normal sería trámite:

Que los treinta y pico de nombres de esta nota —gobernador, vice, intendentes, viceintendente, senadores, diputados nacionales y provinciales, concejales de Comodoro y de Rada Tilly— firmen un solo documento común, sin logos partidarios, con dos puntos y nada más:

Uno. Un plan de bacheo profundo y repavimentación del tramo Garayalde–Comodoro Rivadavia, con cronograma y partida, para que nadie más tenga que elegir entre reventar una goma o cruzarse de carril.

Dos. El ensanchamiento del Cañadón Ferrais, o la alternativa que saque de ahí a los camiones pesados, con proyecto, financiamiento y responsable con nombre y apellido.

Una hoja. Una firma. Cinco minutos de cada uno.

Si no lo hacen, quedará confirmado lo que los vecinos ya sospechan cada vez que dan un volantazo para esquivar un pozo, o cada vez que quedan encolumnados detrás de un camión a veinte por hora en el cañadón: que no son ciegos, ni sordos, ni mudos.

Que se hacen.

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