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Del comité que ganó la ciudad al sello de goma: 25 años de decadencia de la UCR en Comodoro

Análisis. La UCR de Comodoro Rivadavia llegó a gobernar la ciudad. Hoy discute cuotas de poder ajeno, no tiene casa propia y su comité no pesó ni siquiera para elegir la sede de un plenario provincial. Ni cuando el partido lo condujo un dirigente formado en esta ciudad.

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Del comité que ganó la ciudad al sello de goma: 25 años de decadencia de la UCR en Comodoro

El 10 de diciembre de 1999, Jorge Aubía asumía como intendente de Comodoro Rivadavia. Venía de dos mandatos como vicegobernador junto a Carlos Maestro y de una banca en Diputados. Fue el único radical que ganó la intendencia comodorense en más de cuarenta años de democracia, y llegó con viceintendente —Tulio Schdlich— porque ese mismo año se había reformado la Carta Orgánica Municipal.

Aquel triunfo marcó el techo histórico del radicalismo local. También, visto a la distancia, el comienzo de una caída que ya lleva un cuarto de siglo y que ninguna conducción partidaria logró frenar.

El derrumbe en números

La medición más brutal no está en las encuestas ni en los relatos internos: está en las urnas.

En las PASO de agosto de 2019, la lista Alternativa Radical, encabezada por Rosana Uriarte y Juan Agüero, compitió dentro de Juntos por el Cambio y obtuvo 2,08% de los votos: 2.153 sufragios en toda la ciudad. Perdió la interna contra la fórmula que encabezaba la abogada del PRO Ana Clara Romero, secundada por el radical Gastón Acevedo, que reunió 17,53%.

En octubre de ese año, con la boleta completa de Macri-Pichetto, Romero-Acevedo quedaron segundos con 30,22% frente al 50,84% de Juan Pablo Luque. El radicalismo comodorense ya no discutía la intendencia: discutía el segundo lugar de una fórmula que no encabezaba.

En 2023 el patrón se repitió con menos disimulo. El concejal Tomás Buffa lanzó su precandidatura a intendente por la UCR, dijo que iría a internas y terminó resignando la aspiración para ser primer candidato a concejal detrás de Ana Clara Romero. El partido de Alem, en la ciudad más grande de Chubut, negociando un lugar en la lista. 

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2003: la urna que cambió la provincia

La derrota de 2003 no fue sólo municipal. Ese año el radicalismo perdió también la provincia, y la perdió en Comodoro Rivadavia.

El gobernador radical José Luis Lizurume buscaba la reelección frente al justicialista Mario Das Neves. Venía golpeado por una interna feroz con Carlos Maestro —dos dirigentes del mismo partido detrás del mismo objetivo—, un enfrentamiento que dejó al radicalismo chubutense partido al medio y del que, en rigor, nunca se recuperó.

Los números de aquella elección son elocuentes. Lizurume ganó en el interior, hizo elecciones parejas en Trelew, Puerto Madryn y Esquel, y en toda la provincia excepto Comodoro sacó una ventaja de cinco mil votos. Pero en Comodoro Rivadavia perdió por trece mil. Resultado final: Das Neves gobernador por 8.100 sufragios. Pocas veces una ciudad definió tanto una elección provincial, y lo hizo en contra del partido que gobernaba la ciudad.

En la memoria política local, esa noche tiene un símbolo: la urna 303, la mesa cuyo escrutinio quedó asociado para siempre a la definición de aquella elección y a las sospechas cruzadas entre sectores del propio radicalismo. Un partido que llega a una elección decisiva discutiendo una urna consigo mismo ya perdió antes de contar los votos. Así las cosas, el maestrismo duro en Comodoro no apoyó ni a Lizurume ni a Aubía.

Lo que vino después fue peor que la derrota. Das Neves gobernó ocho años y en 2007, junto a su jefe de gabinete Norberto Yauhar, inventó un sello a medida: el Provech, Proyección Vecinal de Chubut, armado con un grupo de intendentes que provenían del radicalismo. No fue una fuga de militantes de base: fue la migración de dirigentes con estructura, que se llevaron puesto al partido que los había formado y le entregaron al peronismo la representación territorial que la UCR había construido durante décadas.

En Comodoro ese proceso tuvo su expresión propia en el sector que respondía a Rafael Cambareri, que primero orbitó cerca del dasnevismo y más tarde acompañó el ciclo de Mariano Arcioni. El resultado es conocido: cuadros radicales sosteniendo gobiernos peronistas, y un comité cada vez más vacío de gente dispuesta a hacer lo contrario. 

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Los que se olvidaron de ser oposición

La caída no empezó con una crisis de ideas sino con una derrota. En 2003 el peronismo recuperó la intendencia con Raúl Simoncini y Aubía pasó al Concejo Deliberante, donde terminó su carrera electoral en 2007.

A partir de ahí ocurrió algo más corrosivo que perder elecciones: buena parte del radicalismo comodorense empezó a coquetear con el peronismo gobernante. Primero fueron acuerdos puntuales, cargos técnicos, lugares en directorios, alguna concejalía negociada. Después fue una costumbre. Y algunos, directamente, se olvidaron de que estaban sentados en las bancas de la oposición.

El caso más ilustrativo es el del concejal José Gaspar, decano de los legisladores locales, con cargos electivos desde 1991. Fue presidente del bloque de la UCR y, en un tema tan sensible para la ciudad como la Sociedad Cooperativa Popular Limitada, terminó actuando como miembro informante de un proyecto del gobierno municipal de Juan Pablo Luque. Un concejal opositor defendiendo desde el recinto la iniciativa del intendente peronista.

La escena que mejor lo retrata no la protagonizó un radical, sino el propio Luque. Al despedirse de la intendencia en diciembre de 2023, el peronista recordó públicamente que lo más valioso que aprendió en el Concejo Deliberante se lo enseñó “un señor que se llamó José Gaspar”, que le enseñó “primero a querer a la ciudad y después poner por delante los intereses nuestros desde la cuestión política”. El homenaje es sincero y, justamente por eso, demoledor: el líder del peronismo local reivindicando como maestro al jefe del bloque radical.

El otro perfil de época fue el opuesto en las formas y equivalente en los resultados: Roberto Risso. Dirigente de fuste, con “larga, larga carrera” como diputado provincial —según se definió él mismo en el recinto— y años como presidente del bloque radical en la Legislatura, fue durante más de una década la voz más estridente del radicalismo chubutense. Denunció el manejo de la publicidad oficial en la gestión de Mario Das Neves, la renegociación de Cerro Dragón con Pan American Energy, la contaminación de Aluar, el negocio de las Letras, el endeudamiento provincial. Se presentó en la Casa de Gobierno a pedir los libros del Registro de Publicidad Oficial y constató que no existían. Sus debates televisivos se recuerdan menos por los argumentos que por el volumen de los gritos.

Y sin embargo, el saldo es magro. La denuncia contra el exsecretario de Información Pública terminó en sobreseimiento. Cerro Dragón siguió su curso. Ninguno de aquellos escándalos derivó en una condena, una reforma o siquiera una comisión investigadora que funcionara. Risso hacía como el tero: gritaba fuerte en un lado para despistar dónde ponía los huevos. Mucha denuncia, mucha amenaza, ningún resultado. 

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La sucesión de presidentes: de la disputa al trámite

En 25 años el Comité Departamental pasó de ser un espacio con internas reñidas y proyección política a un organismo que renueva autoridades por lista de unidad, sin debate público y con escasa repercusión.

Por la presidencia del comité pasaron, entre 2000 y 2015, Raúl Vargas, Roberto Risso y Edgardo Herrera, entre otros. Después vino Gastón Acevedo, vocal radical en el Tribunal Municipal de Cuentas, que llegó al cargo tras vencer en internas a la lista de Rosana Uriarte y fue candidato a intendente por Cambiemos en 2019, el último radical comodorense en pelear la intendencia; Miguel Echaniz entre 2022 y 2024, durante la etapa de Damián Biss al frente del Comité Provincia; Antonella Ruiz Cobos entre 2024 y 2026, los dos años en que la UCR chubutense estuvo presidida por Gustavo Menna y el radicalismo integró el gobierno de Ignacio Torres, sin que trascendiera una sola posición pública del comité comodorense; y —finalmente— Jeremías González, que asumió el 19 de junio pasado en el Club 13 de Diciembre tras una lista de unidad.

Es significativo que reconstruir esta lista completa exija revisar archivos periodísticos dispersos. Un partido con vida interna deja rastro: actas, internas, comunicados, posiciones públicas. Acá hay silencio administrativo. 

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Un presidente sin historia partidaria a la vista

González asumió con un discurso que, leído con atención, es la mejor descripción del problema que dice venir a resolver. Su objetivo declarado es “recuperar el vínculo con afiliados y militantes que se alejaron” y “fortalecer la presencia territorial”. Es decir: reconoce que los afiliados se fueron y que el territorio está vacío.

El propio dirigente aporta el dato que define su perfil: tiene 46 años, trabaja en la Sociedad Cooperativa Popular Limitada y nunca ocupó un cargo público. Lo presenta como virtud —“vengo del sector privado, eso me permite acercarme a los vecinos desde otro lugar”— y puede serlo. Pero también describe a un presidente de comité sin trayectoria partidaria conocida por fuera del propio comité, al frente de una estructura que necesita mucho más que buena voluntad.

Su lectura del rol de la UCR dentro de Despierta Chubut es todavía más elocuente: valora tener a Gustavo Menna en la Vicegobernación y admite que “nos gustaría tener más representación, pero hoy nos toca conformarnos con lo que tenemos”. Conformarse. Esa es la vara. No construir una alternativa de poder: administrar una cuota.

Consultado sobre la relación con la conducción provincial, la definió como “correcta y protocolar”. Difícil encontrar una expresión más precisa para describir a un comité que existe en los papeles. 

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El capítulo Menna: el comodorense que condujo el partido y no miró al sur

Gustavo Menna hizo su carrera política desde Comodoro Rivadavia. No nació acá, pero fue Secretario de Gobierno y Coordinación de Gabinete de Jorge Aubía entre 1999 y 2003: el número dos político del único gobierno radical que tuvo esta ciudad. Desde ahí construyó todo lo demás, hasta la Vicegobernación en 2023. En noviembre de 2024 sumó la presidencia del Comité Provincia de la UCR de Chubut.

¿Qué recibió el radicalismo comodorense de esos dos años de gestión? Nada. Ni plan de recuperación del comité, ni cuadros locales promovidos a la estructura provincial, ni campaña de afiliación, ni posiciones del partido sobre los problemas de la ciudad. El comité departamental, conducido por Antonella Ruiz Cobos, atravesó el bienio en silencio. 

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La excepción llegó tarde y con motivo. Recién en los meses previos al plenario que definía su sucesión, cuando cada delegado empezó a valer, Comodoro volvió a existir para la conducción provincial: renovación de autoridades, acto en el Club 13 de Diciembre, presencia de Gerardo Merino —candidato del oficialismo partidario— y saludo en video del gobernador. Dos meses después se votaba en Esquel. No hace falta atribuir intenciones: alcanza con mirar el calendario. El interés apareció exactamente cuando la ciudad dejó de ser un problema político para convertirse en un paquete de votos.

Ni siquiera esa atención tardía sirvió de algo. En la reunión virtual donde se definió la sede del plenario, encabezada por Menna, la discusión fue entre Trelew y Esquel: ganó la cordillera 12 a 11 y Comodoro no fue siquiera mocionada. La única mención de la ciudad fue como ejemplo indistinto, en boca de Merino: “No varía en nada que sea en Trelew, Comodoro u otro lugar”.

El cuestionamiento no es una interpretación de esta nota. Sergio Guajardo, vicepresidente durante su gestión, sostuvo que Menna eligió su función institucional por sobre la defensa de los correligionarios y advirtió por la fuga de militantes: “Cuando las bases se rompen, el edificio se desmorona”.

Y está la frase involuntaria del propio presidente del comité local: González elogió tener a Menna en la Vicegobernación y, en la misma entrevista, se quejó de la escasa presencia de funcionarios comodorenses en la estructura provincial. Ese es el resumen del problema. La ciudad no fue ignorada por falta de representantes arriba: fue ignorada teniéndolos. 

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La casa que nunca se levantó

Queda pendiente la pregunta más simbólica de todas. El radicalismo comodorense recibió en su momento un terreno para construir su Casa Radical. Sobre ese predio, según referentes del propio partido, nunca se levantó una hilera de ladrillos.

Un partido centenario que no puede construir una pared en un terreno que le regalaron no tiene un problema de recursos: tiene un problema de voluntad colectiva. Los ladrillos son consecuencia, no causa. Primero se vacía la militancia; después, inevitablemente, se vacía el terreno.

Presidir un partido centenario no es ocupar una silla

Queda por decir lo más incómodo, que es quién quedó a cargo de revertir todo esto.

Presidir el comité de un partido de 135 años en la ciudad más grande de la provincia no es un cargo administrativo. Es la conducción de una tradición política. Para eso hacen falta dos cosas mínimas: trayectoria como afiliado —años de comité, de interna, de mesa, de haber estado cuando no había nada que repartir— y una opinión propia sobre algo. Aunque sea sobre un solo tema: regalías, transporte, coparticipación, tierras, el rol del municipio frente a la crisis petrolera. Algo que permita saber qué piensa el radicalismo comodorense de Comodoro.

De Jeremías González no se conoce ninguna de las dos. No se le registra una trayectoria militante que explique cómo llegó, ni una posición sostenida sobre ningún asunto de la ciudad. Sus definiciones públicas se agotan en frases de manual —“la política es un servicio y no un privilegio”, “queremos que la gente vuelva a confiar”— y en un diagnóstico económico que cualquier comerciante del centro haría con más precisión y más enojo. Dijo que Comodoro “parece una ciudad en pandemia”. Es una descripción, no una posición: no hay propuesta, no hay responsables, no hay proyecto detrás.

Su carta de presentación es haber estado siempre afuera: “vengo del sector privado, nunca ocupé un cargo público”. En un país harto de la política profesional eso puede sonar bien. Al frente de un partido, describe otra cosa: alguien sin recorrido interno que llega a un lugar vacante porque estaba vacante. Elegido por lista de unidad, sin competencia, sin debate, sin programa conocido, semanas antes de que su comité tuviera que aportar delegados a una elección provincial ajena. Un presidente que no llegó a conducir un proyecto: llegó a ocupar un casillero que alguien necesitaba lleno.

Y lo dice él mismo, sin advertirlo, cuando define su relación con la conducción provincial como “correcta y protocolar” y admite que le toca “conformarnos con lo que tenemos”. Un dirigente que se conforma no es una amenaza para nadie. Tampoco una esperanza.

Nada de esto es un problema personal de González. Es el síntoma final. Un partido con vida interna no habría llegado hasta acá: habría tenido cuatro o cinco dirigentes discutiéndose el comité, con proyectos distintos y militancia detrás de cada uno. Que el cargo se resuelva por unanimidad y recaiga en alguien sin historia partidaria conocida no habla de armonía. Habla de que ya no queda nadie disputando nada. El sello de goma no necesita un conductor: necesita una mano que lo apoye sobre el papel cuando hace falta.

González anticipó que la UCR buscará candidato propio a la intendencia en 2027 y habló de “un brote verde importante dentro de la juventud”. Ojalá. 

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Y esto también explica la ciudad que tenemos

Comodoro necesita oposición seria, y el radicalismo tiene tradición, cuadros técnicos y una historia que lo habilitarían a construirla. Pero un partido no se recupera con actos de asunción, saludos en video del gobernador ni listas de unidad que evitan el debate. Se recupera con discurso propio, presencia en los barrios y dirigentes dispuestos a perder una interna y quedarse igual.

Veintisiete años después de aquel triunfo de Aubía, la UCR de Comodoro Rivadavia sigue existiendo en el registro de partidos políticos. En la vida política de la ciudad, hace rato que no.

Y esto también explica la ciudad que tenemos.

Podría pensarse que todo lo anterior es un asunto interno, un problema de radicales que sólo debería importarles a los radicales. No lo es. La decadencia de un partido nunca se queda adentro del partido.

Los partidos políticos no son clubes de afiliados ni agencias de colocación. Son las herramientas con las que una sociedad forma dirigentes, discute proyectos y —sobre todo— controla al que gobierna. Sin partidos hay caudillos, aparatos y encuestas. La Constitución los define como instituciones fundamentales del sistema democrático por una razón práctica, no decorativa: alguien tiene que preparar el recambio y alguien tiene que vigilar al poder desde afuera del poder.

Al radicalismo le cupo históricamente ese rol. Fue el partido que conquistó el voto secreto y obligatorio, el que puso a la clase media en la vida pública argentina, el que reinstaló la democracia en 1983. En Comodoro fue durante décadas el espacio donde se formaban profesionales, empleados y comerciantes que después ocupaban bancas, controlaban cuentas y discutían el destino de la renta petrolera. Un partido de fiscalización, de expediente, de debate en el recinto.

Y ahora la pregunta incómoda: ¿qué le pasó a Comodoro en estos veinticinco años sin ese contrapeso?

La respuesta está a la vista. Una hegemonía prácticamente ininterrumpida de un mismo signo político en la Municipalidad. Una Sociedad Cooperativa Popular Limitada que llegó al embargo por una deuda multimillonaria mientras los pedidos de información quedaban sin respuesta. Una municipalidad que pagó subsidios varias veces millonarios a la prestataria del servicios de transporte público y ni un simple pedido de informes. Tierras adjudicadas a diestra y siniestra y ningún planteo sensato en contraposición. Sospechas de corrupción por doquier que derivaron hasta en condenas penales y ninguna voz radical al respecto. Una provincia endeudada en Letras que nadie controló. Un municipio que creció en planta y en gasto sin que nadie pudiera ponerle un límite real. Cierre de comercios, caída de la actividad, desempleo. Una ciudad que produce la mayor riqueza de la provincia y que hoy, en boca de sus propios dirigentes, “parece una ciudad en pandemia”.

Nada de eso es casual. Es lo que pasa cuando la oposición se vuelve decorativa. Cuando el que debía controlar prefiere ser miembro informante del oficialismo. Cuando el que debía denunciar grita para la tribuna y no lleva la causa hasta el final. Cuando el partido que debía formar los cuadros del recambio ni siquiera puede abrir un local. El poder sin contrapeso no se modera solo: se acomoda, se reparte y se perpetúa.

Es lineal. Un radicalismo fuerte en Comodoro habría significado auditorías con consecuencias, presupuestos discutidos en serio, concejales que no dependieran del intendente, candidatos alternativos con proyecto propio y una ciudadanía con dos opciones reales cada cuatro años. Habría significado, sobre todo, que gobernar Comodoro tuviera un costo cuando se gobierna mal. Nada de eso existió. Y la ciudad que tenemos es, en buena medida, el resultado.

Por eso esta nota no es un obituario partidario. Es un problema de todos. Comodoro no necesita que la UCR vuelva por nostalgia de las boinas blancas: necesita que alguien ocupe el lugar vacante del control y la alternativa. Puede ser el radicalismo, que tiene la historia y la estructura para hacerlo. Puede ser otro. Pero mientras ese lugar siga vacío, la ciudad va a seguir pagando la cuenta. 

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