Cualquiera que haya hecho el trayecto entre Comodoro Rivadavia y Sarmiento conoce la escena. Filas interminables de camiones, camionetas con la bandera en la antena y micros de transporte de personal que avanzan en caravana, uno detrás del otro, como si la ruta fuera una extensión del yacimiento. Y en medio de ese convoy, el ciudadano de a pie: el que va a visitar a un familiar, el que viaja por un turno médico, el que vuelve a su casa después de trabajar en algo que no tiene nada que ver con el petróleo.
El planteo lo hizo el periodista Ricardo Astete desde los micrófonos de Radio Visión, y expresa lo que muchos vecinos de la zona piensan cada vez que salen a la ruta. La pregunta es simple y nadie parece querer responderla: ¿por qué el vecino común tiene que adaptarse a las condiciones que impone la industria? ¿Por qué tiene que resignarse a una ruta de una sola mano por sentido, saturada, desgastada por el peso de los equipos, donde manejar se convierte en un ejercicio de paciencia y, muchas veces, de riesgo?
La hora pico del petróleo
Basta con salir a la ruta cerca de las 17, cuando termina la jornada y el regreso se vuelve masivo. Si uno tiene la mala suerte de engancharse detrás de varios micros o camiones que circulan a 80 o 90 kilómetros por hora, no hay forma de pasar. No hay tramo suficiente, no hay visibilidad, no hay margen. El que intenta sobrepasar una fila de tres o cuatro vehículos pesados se juega la vida en cada maniobra. El que no lo intenta, se resigna a llegar cuando la caravana lo permita.
No se trata de demonizar a quienes manejan esos vehículos: son trabajadores que también quieren volver a casa. El problema no son ellos, sino una infraestructura que quedó chica frente a la escala de la actividad y una lógica en la que los costos de esa actividad los paga, en tiempo, desgaste y peligro, el que no participa de las ganancias.
Nieve, hielo y una ruta con historia trágica
Si en un día normal el viaje es un desafío, en invierno se convierte en una locura. Con nieve, escarcha o hielo sobre el asfalto, la ruta se transforma en una trampa: frenar es un riesgo, sobrepasar es casi imposible y la fila de camiones y micros se vuelve todavía más lenta y más larga. El que viaja sabe que cualquier error, propio o ajeno, puede ser el último.
No es una exageración. Esta ruta carga con una larga lista de muertes y es considerada de alto riesgo por quienes la transitan a diario. Detrás de cada cruz al costado del camino hay una familia de la región que pagó, con lo más valioso, el precio de una infraestructura que nunca estuvo a la altura del tránsito que soporta.
Una doble trocha cambiaría esa realidad de raíz. Con dos carriles por sentido y un separador central, desaparecen los choques frontales, que son los más letales, y desaparece la necesidad de invadir el carril contrario para sobrepasar. Gran parte de las tragedias que enlutaron a la zona se habrían evitado con una ruta así. Por eso no se trata solo de comodidad: se trata de vidas.
Ganancias enormes, ruta de otra época
La cuenca del Golfo San Jorge lleva más de un siglo aportando riqueza al país y a las empresas que la explotan. Pan American Energy, operadora de Cerro Dragón y principal productora de la provincia, encabeza la lista, pero no está sola: Pecom, Crown Point y CAPSA, entre otras, también explotan yacimientos en la zona. Tecpetrol operó durante años en la cuenca hasta que vendió sus áreas y se fue a Vaca Muerta, un ejemplo claro de cómo las empresas pasan y la ruta queda. Todas obtienen o obtuvieron ganancias inmensas extrayendo un recurso que pertenece a la provincia y a su gente. Sin embargo, la ruta que conecta a dos de las comunidades que sostienen esa actividad sigue siendo una cinta angosta, pensada para otro volumen de tránsito y otro tiempo.
La propuesta no es descabellada: que las petroleras construyan a su costo una ruta doble trocha entre Comodoro y Sarmiento, o al menos hasta el último yacimiento sobre la traza. Una autovía con dos carriles por sentido, separador central y banquinas en condiciones. Una obra que, dimensionada frente a la rentabilidad del sector, representa una fracción mínima de lo que se extrae de la zona año tras año.
No sería caridad. Sería una devolución lógica a una región que pone el territorio, el agua, los caminos y la paciencia de sus habitantes. Las empresas son las principales usuarias de esa ruta y las principales responsables de su desgaste. Es razonable que sean también las principales responsables de su ampliación.
Se llevan todo, dejan el tránsito
Durante décadas, la región escuchó promesas de desarrollo que nunca terminaron de llegar del todo. Lo que sí llegó, y se quedó, fue la convivencia forzada con una industria que ocupa el espacio público como si fuera propio. El petróleo se va en ductos y buques; lo que queda es la ruta rota, el tránsito pesado y el vecino que tiene que acomodar su vida a los horarios de los cambios de turno.
Una autovía no resolvería todos los reclamos pendientes con la industria, pero sería una señal concreta. Una obra visible, útil, que mejore la seguridad vial y salve vidas. Algo que el ciudadano de a pie pueda recorrer y decir: esto también nos dejó el petróleo.
La pregunta queda planteada, para PAE, Pecom, Crown Point, CAPSA y las demás operadoras y para los gobiernos que negocian con ellas las concesiones y sus renovaciones: ¿hasta cuándo el costo de la industria lo va a seguir pagando el que no se lleva nada?
💬 Comentarios (0)