URGENTE

El mar como mina: cómo Chile resolvió su cuello de botella hídrico

En dos décadas, la minería chilena pasó de disputarle agua al desierto a construir su propio suministro desde el océano. La desalación ya no es una excepción tecnológica: es la política hídrica de facto del cobre.

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MATRIZ HÍDRICA DE LA GRAN MINERÍA DEL COBRE — ORIGEN DEL AGUA CONSUMIDA

2024

59,3% continental · 40,7% mar

2034 (proyectado)

32,4% continental · 67,6% mar

Durante la última década, la industria del cobre chilena viene atravesando una transformación silenciosa que rara vez ocupa titulares fuera de las páginas especializadas, pero que reorganiza por completo la geografía productiva del norte del país. La pregunta que dominó la discusión hídrica chilena por generaciones —cuánta agua dulce puede quitarle la minería al desierto sin ahogar a las comunidades y ecosistemas que dependen de ella— está siendo reemplazada por otra: cuánta agua de mar puede bombearse, desalar e impulsar cientos de kilómetros hacia la cordillera sin que el costo energético vuelva inviable la operación.

Según las proyecciones de la Comisión Chilena del Cobre, la participación del agua de mar en el consumo hídrico total de la gran minería del cobre pasará del 40,7% actual a un 67,6% hacia 2034. En términos simples, en menos de diez años el mar dejará de ser una fuente complementaria para convertirse en el principal insumo hídrico de la industria que sostiene alrededor de la mitad de las exportaciones chilenas.

24–32

Plantas desaladoras y sistemas de impulsión de agua de mar operando o en desarrollo en Chile, según distintos relevamientos sectoriales de 2026.

US$ 24.000 M

Inversión acumulada estimada en infraestructura de desalación e impulsión, con más de 50 proyectos adicionales en carpeta.

Por qué el desierto ya no alcanza

El giro hacia el mar no responde a una decisión ambiental voluntarista, sino a una combinación de presiones geológicas y económicas que se retroalimentan. Las leyes de mineral —la concentración de cobre por tonelada de roca— vienen cayendo de forma sostenida en los yacimientos históricos de Antofagasta y Atacama, lo que obliga a procesar volúmenes crecientes de material para sostener la misma producción de cobre fino. A eso se suma un cambio en la composición mineralógica de los depósitos: la migración desde óxidos, tratables por hidrometalurgia con relativamente poca agua, hacia sulfuros, que requieren procesos de flotación mucho más intensivos en consumo hídrico.

El resultado es una industria que necesita más agua por cada tonelada de cobre producida, justo en la región del planeta con menor disponibilidad de agua dulce per cápita fuera de zonas polares. La cuenca del Loa y los acuíferos altiplánicos, exprimidos durante décadas, simplemente no tienen margen para absorber ese crecimiento sin agravar conflictos ya abiertos con comunidades atacameñas, agricultura de subsistencia y humedales altoandinos.

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La desalación no surge como gesto de sustentabilidad corporativa: es la respuesta de una industria que agotó su margen para seguir compitiendo por agua dulce con comunidades y ecosistemas.

Un marco legal que llegó después de los hechos

En marzo de 2026, Chile aprobó una ley de desalinización que ordena jurídicamente una práctica que la industria minera ya venía imponiendo de facto desde hacía años. La norma define el uso del agua de mar como asunto de interés público y establece que el consumo humano, el saneamiento y la protección de ecosistemas marinos y costeros tienen prioridad sobre otros usos. Como mecanismo concreto, faculta a la Dirección General de Aguas para exigir a los proyectos de desalación —incluidos los de uso minero— que destinen hasta un 5% de su capacidad de producción a consumo humano o saneamiento cuando corresponda.

Es una ley reactiva más que anticipatoria: llega cuando la minería ya opera decenas de plantas y cuando el propio sector reclamaba con insistencia un marco regulatorio estable que redujera los tiempos de tramitación ambiental, hoy señalados como el principal cuello de botella para los más de cincuenta proyectos de desalación que aguardan autorización.

La brecha entre percepción y datos

Existe una paradoja comunicacional que la propia industria chilena viene intentando corregir. Según cifras oficiales de la Dirección General de Aguas, la minería consume apenas un 4% del agua continental del país, muy por debajo del uso agropecuario, que concentra cerca del 72%, y del consumo humano, en torno al 12%. Sin embargo, encuestas de opinión pública muestran que tres de cada diez chilenos identifican a la minería como el sector que más agua utiliza en el país, y una porción significativa desconoce directamente la existencia de plantas desaladoras en operación.

Esa distancia entre percepción y dato técnico no es un detalle menor para una industria que necesita licencia social para construir ductos de decenas de kilómetros entre la costa y el interior, y que enfrenta con frecuencia resistencia local a los impactos de la desalación sobre la biodiversidad marina costera, aun cuando su huella sobre el agua continental sea decreciente.

LECTURA REGIONAL

Una referencia ineludible para la minería trasandina

Para la discusión minera argentina —donde San Juan, Catamarca y potencialmente el litio del norte enfrentan sus propias restricciones hídricas en cuencas compartidas con comunidades andinas— el caso chileno funciona como laboratorio de lo que ocurre cuando una industria extractiva de escala decide resolver su restricción de agua con ingeniería antes que con racionamiento. No es un modelo trasladable sin matices: Chile cuenta con una costa inmediatamente adyacente a sus principales yacimientos, algo que no todas las provincias mineras argentinas poseen en la misma medida, y la ecuación energética de la desalación —con su altísimo consumo eléctrico para bombeo e impulsión en altura— exige una matriz energética robusta que recién empieza a discutirse con seriedad de este lado de la cordillera.

Aun así, la experiencia chilena deja una lección de política pública difícil de ignorar: cuando la disponibilidad de agua dulce se convierte en la restricción central para el crecimiento minero, la alternativa no es necesariamente frenar la producción, sino invertir con anticipación en infraestructura hídrica no convencional antes de que el conflicto social y ambiental imponga esa decisión de forma traumática.

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