Hay una escena que en Comodoro Rivadavia y Rada Tilly ya no sorprende a nadie, pero que debería decir algo. Una confitería conocida de Rada Tilly, media mañana, y ahí está: Cristóbal López tomando un café, sin custodia visible, sin urgencia, saludando a los que pasan. No hay que golpear puertas ni pedir audiencia. Está. Y está con la frente en alto, sin ponerse colorado.
No es un detalle menor, porque el hombre que se sienta en esa mesa pasó casi dos años preso. Entre diciembre de 2017 y fines de 2019, con un breve intervalo, Cristóbal López conoció la cárcel desde adentro mientras su grupo empresario se desarmaba a los pedazos. Las obras se pararon. Los teléfonos dejaron de sonar. Y en la costanera quedó, como testigo mudo de ese derrumbe, el esqueleto de hormigón de un shopping que había sido el sueño de la ciudad.
Pararse de frente a todos
Cuando recuperó la libertad tenía a mano el camino más cómodo, el que eligieron tantos antes que él: hacer las valijas, mudar la vida al exterior y manejar lo que quedaba desde una distancia prudente. Vivir de los ahorros. Dejar que el tiempo y los abogados hicieran su trabajo. Nadie se lo hubiera reprochado demasiado: es lo que hace la mayoría cuando el viento sopla de frente.
Hizo exactamente lo contrario. Volvió al sur, se instaló donde siempre vivió y empezó por lo más incómodo: volver a ver a los que estaban. A los amigos de toda la vida, esos que en Comodoro se cuentan por décadas y no por contratos. Y también a los otros, a los que la caída había dejado con facturas en la mano: proveedores, contratistas, prestadores de servicios de la cuenca. Fue a sentarse con ellos, uno por uno, a poner la cara en la conversación difícil. Cualquiera que haya atravesado una crisis empresaria sabe lo que cuesta esa mesa. Es mucho más fácil delegarla en un abogado o directamente no atender.
De ahí en más, la reconstrucción tuvo un ritmo propio. En la Cuenca del Golfo San Jorge, mientras las operadoras grandes se repliegan hacia Vaca Muerta y las áreas maduras quedan huérfanas, sus empresas de servicios petroleros volvieron a pisar el terreno que lo vio nacer como empresario, apostando a la recuperación secundaria y terciaria de yacimientos que otros ya dan por amortizados. En paralelo, las concesionarias automotrices y negocios vinculados siguen a su ritmo, destacándose en la matriz comercial de la región.
Y hay algo que no figura en ningún expediente ni en ninguna licitación: mantiene línea directa. Es hombre de consulta, tanto para el gobierno provincial como para las intendencias de la zona, cuando hay que discutir cómo se sostiene la actividad en una cuenca golpeada. No porque le deban nada, sino por lo más básico: conoce el territorio, conoce el negocio y está a una llamada de distancia. En una región donde las decisiones que más pesan suelen tomarse a dos mil kilómetros, esa disponibilidad vale.
Porque esta es una tierra que aprendió a desconfiar. Comodoro y su área de influencia vieron pasar durante un siglo capitales que llegaron con discursos grandilocuentes, tomaron lo que pudieron —el crudo, la ventaja fiscal, el contrato— y se fueron sin dejar más que un galpón vacío y una lista de indemnizaciones impagas. La lógica del capital golondrina no es una teoría: tiene nombres, fechas y sucursales cerradas. Frente a eso, un empresario que vive donde invierte y que se cruza en el supermercado con la gente a la que le paga es una anomalía que conviene mirar con atención.
Nada de esto lo pone por encima de la discusión pública, y esta nota no viene a saldarla. Su expansión durante los años del kirchnerismo, con un contexto que le fue favorable, ha sido y seguirá siendo materia de debate. La causa Oil Combustibles, en la que fue absuelto en 2021, todavía tiene instancias abiertas en la Justicia. Se le podrán reprochar muchas cuestiones y seguramente se le seguirán reprochando; es sano que así sea en cualquier sociedad que se toma en serio a sí misma.
Lo que no se le puede reprochar es que se esconda
No se le puede reprochar que se haya ido cuando irse era lo razonable. Tampoco que haya mudado a la familia lejos del lugar donde le fue mal: sus hijos siguen acá, con nombre y apellido conocidos, incorporados a la conducción de las empresas del grupo y visibles en la vida cotidiana de la ciudad, no en un directorio remoto. No se le puede reprochar que haya vaciado y desaparecido: puso plata donde tenía la historia, en el rubro que conoce, con gente de la zona. No se le puede reprochar que evite las preguntas: sigue apostando a los medios, sigue queriendo dar la discusión pública, formar opinión y pelear el relato en un país donde a los empresarios les suele resultar mucho más cómodo el silencio. Y no se le puede reprochar ausencia: está en el café, en la obra, en la reunión, en el velorio y en el asado. Todo el tiempo. A la vista de todos.
En un país donde abundan los que administran de lejos —los que deciden sobre la Patagonia desde un piso alto de Puerto Madero o desde un teléfono en Miami, los que conocen la cuenca por un PowerPoint—, poner el cuerpo en el territorio también es una forma de compromiso. No la única, ni necesariamente la más noble. Pero es una, y no es la más barata.
El café de Rada Tilly seguirá sirviendo cortados. Y él seguirá ahí, a la vista de todos, sosteniendo la mirada. En estos tiempos, eso ya es una declaración.
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