Los clásicos no se decretan. No hay acta fundacional ni comunicado de prensa que los inaugure. Se van armando de a poco, con un par de finales, una eliminación, un dirigente que se cambia de vereda y unos cuantos pibes que juegan de un lado después de haberse formado del otro. Cuando uno se da cuenta, el partido ya dejó de ser un partido.
Eso es exactamente lo que está pasando en Comodoro Rivadavia con la CAI y el CART.
De inferiores para arriba
La historia, como casi siempre, empezó abajo. En los últimos años, la CAI y Rada Tilly se consolidaron como dos de las estructuras formativas más potentes de la región, en un pelotón donde también aparecen Huracán y Newbery. No se cruzaron una vez: se cruzaron muchas, y varias de esas veces fue con algo en juego.
Ahí está el dato que explica todo lo demás: hace algunos años, CAI y Rada Tilly disputaron una final. Pareja. Eso, para el fútbol comodorense de hace una década y media, era un escenario impensado. El club de la ciudad vecina, el “chiquito”, el que muchos miraban de reojo, empezó a mirar de igual a igual al que siempre fue una referencia formativa de toda la Patagonia.
Y cuando dos clubes se acostumbran a jugar finales entre sí en inferiores, el paso siguiente es inevitable: esos chicos crecen, llegan a Primera y traen la mochila puesta.
El torneo local y el salto al Regional
El campeonato actual terminó de darle forma al asunto. Ambas instituciones se metieron en la pelea por la punta, y ambas van a disputar el Torneo Regional Amateur, lo que significa que la rivalidad ya no se agota en el ámbito liguista: se estira a la competencia que reparte ascensos y visibilidad nacional.
No es un detalle menor. Cuando dos clubes de la misma zona compiten por lo mismo, en el mismo momento, con los mismos objetivos y encima disputándose los mismos jugadores, el roce es cuestión de tiempo.
Porque eso también pasa: es habitual ver chicos que salen de un club y aparecen en el otro, y viceversa. Cada transferencia, cada llamado, cada “se me fue al CART” o “se me vino de la CAI” agrega una capa más al asunto. Todo se sabe. Todo se comenta. Cosas de pueblo.
Lo que se vio el domingo según el “Gallego” López
El partido del domingo pasado fue la mejor radiografía disponible. La CAI salió con lo mejor que tenía. No especuló, no reservó, no midió: puso los nombres, la intensidad y la actitud de un partido grande.
El reconocido periodista local “Gallego” López lo marcó al aire durante la transmisión televisiva del partido: los jugadores de la CAI estaban dejando la vida en cada pelota. Y lo señaló con un contraste imposible de ignorar, porque en la fecha anterior, ante el puntero Newbery, ese mismo equipo prácticamente no había pateado al arco.
La conclusión se caía de madura: a este había que ganarlo sí o sí.
Eso, en el lenguaje del fútbol, tiene un solo nombre. Cuando un plantel se transforma según el rival que tiene enfrente, lo que hay del otro lado ya no es un adversario más.
El condimento dirigencial
Al morbo popular le faltaba un ingrediente y lo consiguió. La llegada de Gutiérrez Hauri a la presidencia del CART terminó de encender la mecha en las tribunas y, sobre todo, en los grupos de WhatsApp. Hace treinta años que es la mano derecha del “team Peralta” y lo sigue siendo: un vínculo dirigencial, empresarial, profesional y, por sobre todas las cosas, afectivo. Eso no se deja en la puerta de un club.
Es el tipo de dato que en una ciudad chica vale más que cualquier antecedente deportivo. No hace falta que nadie confirme nada: alcanza con que se diga. Y se dice.
De ahí que hoy, en los pasillos de la CAI, el objetivo se enuncie en dos partes que van siempre juntas: crecer y ascender, pero también ganarle al CART. Y si es posible, ganarle holgado.
Un clásico distinto
Comodoro ya tiene sus clásicos. Huracán–Newbery encabeza la lista, con toda la carga histórica, barrial y rústica que eso implica. Ese partido tiene décadas encima y no necesita presentación.
Lo de CAI y Rada Tilly es otra cosa. Es un clásico más nuevo, más prolijo, sin las cicatrices viejas que tienen los otros. Más coqueto, si se quiere. Pero que nadie se confunda con la etiqueta: la temperatura ya está alta y sube fecha a fecha.
Falta lo que solo da el tiempo —un puñado de partidos memorables, alguna injusticia arbitral que se recuerde por veinte años, una definición que le rompa el corazón a alguien—, pero el resto está todo. Dos clubes fuertes, dos proyectos que compiten por lo mismo, jugadores que van y vienen, dirigentes con historia cruzada y una ciudad que ya empezó a elegir bando.
El fútbol comodorense, sin pedir permiso, se consiguió otro clásico.
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