Es una estrategia con una lógica clara, pero que se ejecuta desde una posición bastante más débil de la que el propio gobernador admite en público.
El cálculo detrás de la polarización con Cristina Fernández de Kirchner no es nuevo ni es exclusivo de Santa Cruz: en gran parte del país, alinearse detrás de la grieta kirchnerismo-antikirchnerismo sigue siendo la forma más eficiente de ordenar un electorado disperso. Para Vidal, además, tiene una ventaja adicional: le permite capitalizar el fin de cuarenta años de gestiones justicialistas en la provincia sin tener que confrontar directamente con la Casa Rosada, de la que depende buena parte del oxígeno fiscal santacruceño. Sentarse en primera fila junto al ministro de Economía en la Rural de Palermo no fue un gesto protocolar: fue una declaración de que la relación con Nación es, hoy, más un activo político que una carga.
El problema es que ese relato convive con una gestión visiblemente desgastada. En menos de dos años y medio de mandato, Vidal ya recompuso todo su gabinete, una señal de inestabilidad interna que rara vez acompaña a un gobierno que se proyecta con confianza hacia la reelección. A eso se suma una economía provincial estrangulada por la caída de la recaudación y de la coparticipación, que expuso hasta qué punto el modelo de gestión santacruceño depende de fondos nacionales que, en el actual esquema de ajuste libertario, llegan cada vez más condicionados y en menor cantidad. El propio Vidal lo reconoce a su manera cuando pide tiempo: dos años y medio, dice, no alcanzan para resolver problemas heredados. Es un argumento razonable, pero también es, objetivamente, el lenguaje de un gobierno a la defensiva.
El frente más delicado, sin embargo, no es económico sino territorial. La disputa pública con el intendente de Río Gallegos, Pablo Grasso, por el protagonismo político y por los fondos coparticipables a los municipios, le da munición simultánea a sus dos flancos opositores: el peronismo, que empieza a proyectar a Grasso como candidato a gobernador y que capitalizó el envión de las legislativas del año pasado, y La Libertad Avanza, que a través del diputado Jairo Guzmán construye su propio armado provincial con el respaldo de Karina Milei y usa exactamente esa misma pelea —“mientras se pelean por las redes, nadie gobierna”— como eje de campaña. Que dos adversarios ideológicamente opuestos coincidan en el mismo diagnóstico sobre la gestión de Vidal no es un detalle menor: es la evidencia de que el desgaste del gobernador es transversal y no depende de la grieta que él mismo intenta reactivar.
Aquí es donde aparece la verdadera apuesta estratégica de Vidal para 2027: no ganar el debate ideológico, sino ganar por default gracias a la fragmentación de sus adversarios. Si peronismo y libertarios compiten separados —algo que hoy luce probable dado el tono de las críticas violetas hacia el gobernador—, Vidal puede revalidar su triunfo de 2023 con un piso de votos sensiblemente menor al que necesitaría frente a una oposición unificada. Es una estrategia de conservación más que de expansión, y explica por qué el discurso antikirchnerista no busca tanto sumar votantes nuevos como evitar que los propios se dispersen hacia la opción libertaria.
Dos variables institucionales pueden alterar todo el cálculo antes de que empiece la campaña formal. La primera es el proyecto de Financiamiento Estratégico, que en la lectura de fuentes provinciales condiciona buena parte de las chances de reelección: sin margen fiscal para mostrar obra y gestión, el relato de la polarización se queda sin sustento material. La segunda es la definición de la Corte Suprema sobre la conformación del Tribunal Superior de Justicia santacruceño, un entuerto institucional que, según cómo se resuelva, puede fortalecer o debilitar la capacidad del oficialismo provincial para controlar las reglas de juego de la propia elección.
En síntesis, Vidal llega a la antesala de 2027 con una estrategia discursiva ensayada y eficaz para movilizar a su base, pero con una gestión que exhibe signos de fatiga que ni la polarización ni la cercanía con la Casa Rosada alcanzan a disimular del todo. Su reelección no depende tanto de convencer a Santa Cruz de que el kirchnerismo es la amenaza, como de que sus adversarios no logren, a tiempo, ponerse de acuerdo para demostrar lo contrario.
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