La proliferación de nombres ajenos a la dirigencia tradicional que empiezan a sonar de cara a 2027 —un pastor evangélico con audiencia en varios continentes, el dueño de uno de los portales de noticias más leídos en español y el presidente de uno de los bancos privados más grandes del país, además expresidente de River Plate— sugiere que buena parte del sistema político ya apostó por la segunda opción.
Dante Gebel, Daniel Hadad y Jorge Brito no comparten ideología, trayectoria ni estilo. Pero los tres son leídos, con matices, bajo la misma etiqueta: outsiders. Y los tres alimentan, a su manera, la hipótesis de que el próximo salto exitoso hacia la Casa Rosada podrá volver a producirse por fuera de los partidos que gobernaron la Argentina durante las últimas cuatro décadas.
Gebel: el operativo clamor con estructura evangélica y sindical
El caso de Gebel es, hasta ahora, el más avanzado en términos de armado territorial. Desde fines de 2025, el espacio Consolidación Argentina construyó una estructura de coordinadores regionales que abarca las siete regiones del país, con mesas promotoras provinciales y un abanico de referentes que va de sindicalistas como Juan Pablo Brey y Gerardo Martínez hasta exlibertarios como Eugenio Casielles. El lanzamiento formal en el microestadio de Lanús, en marzo, funcionó como carta de presentación de ese músculo organizativo, aunque el propio Gebel —radicado en Estados Unidos desde hace años— participó solo por mensaje grabado.
Lo distintivo de la construcción de Gebel es que combina dos capitales que rara vez conviven en un mismo proyecto: una base de fieles y seguidores digitales que se cuenta en millones, y una mesa política heterogénea que incluye dirigentes peronistas, sindicales y libertarios desencantados. Sus armadores no ocultan la lógica: repetir la fórmula Milei —outsider, antipolítica, redes— pero con un manejo más cuidado del armado territorial y sin quemar puentes con el poder sindical. El propio entorno del pastor plantea la apuesta en términos casi generacionales: creen que, para 2027, la sociedad estará cansada de Milei pero no dispuesta a volver al esquema previo. Ese espacio vacante es el que Gebel aspira a ocupar.
El riesgo de esa estrategia es doble. Por un lado, el desconocimiento: pese a sus millones de seguidores en redes, las consultoras que empezaron a medirlo detectan un porcentaje alto de electores que no lo identifican como figura política. Por otro, la etiqueta religiosa, que sus propios armadores intentan desactivar insistiendo en que el proyecto “no es religioso” sino de “valores”. Convertir un fenómeno de audiencia en un fenómeno electoral no es automático, y la historia argentina reciente tiene tantos ejemplos de éxito como de fracaso en ese pasaje.
Hadad: la candidatura que se cocina sin anunciarse
El de Daniel Hadad es un proceso de naturaleza distinta. No hay acto de lanzamiento, ni estructura territorial declarada, ni plataforma programática pública. Lo que hay es una instalación progresiva del nombre del fundador de Infobae en la conversación política, alimentada por encuentros con figuras de peso institucional —desde un integrante de la Corte Suprema hasta legisladores de bloques enfrentados— y por un discurso propio que insiste en la idea del “outsider”: Hadad repite que no se siente parte del círculo rojo y que el próximo candidato presidencial “va a salir de las redes sociales”, una frase que en 2024 sonaba a diagnóstico ajeno y hoy puede leerse como autopercepción.
Las encuestas que empezaron a incluirlo como opción lo ubican, dentro del universo de outsiders empresariales, en el segundo lugar de las preferencias, detrás de Marcos Galperín y por delante de Jorge Brito. Los analistas que la elaboraron atribuyen ese desempeño no solo a su exposición mediática, sino a una construcción institucional más deliberada: años de tejido de vínculos con dirigentes, empresarios y académicos que, sin ocupar un cargo, equivalen a una acumulación de capital político. Es, en ese sentido, la construcción más silenciosa y quizás la más difícil de anticipar en sus tiempos: todo indica una definición recién después del Mundial, si es que llega a producirse.
Brito: el nombre que crece pese a la negativa
El tercer nombre es, paradójicamente, el que menos voluntad explícita mostró de dar el salto. El presidente de Banco Macro y expresidente de River Plate niega públicamente cualquier interés en la política, y en su entorno insisten en que prefiere seguir aportando desde la actividad privada y desde entidades como Adeba. Pero la insistencia del rumor —alimentada por empresarios de primera línea, por dirigentes peronistas que lo ven como un outsider capaz de equilibrar una interna sin corrimiento hacia el kirchnerismo duro, y por versiones que lo ubican tanto en la órbita de Mauricio Macri como en la de un peronismo no kirchnerista— sugiere que el nombre de Brito responde a una necesidad de la política antes que a una ambición personal declarada.
Ese diagnóstico compartido por buena parte del empresariado es elocuente: la Argentina podría llegar a 2027 con cierta estabilidad macroeconómica pero con una crisis social profunda, un escenario que abre espacio a una opción que no sea ni continuidad libertaria ni retorno al kirchnerismo. Brito, con su perfil técnico, su gestión de un holding financiero y su paso por la presidencia de un club masivo, encarna para ese sector la figura del gestor serio antes que la del outsider disruptivo. Es, de los tres, el que menos necesita del ruido para instalarse, y también el que menos control ejerce sobre un rumor que crece incluso cuando lo desmiente.
Tres velocidades, una misma pregunta
Gebel avanza con estructura y sin confirmación. Hadad se instala sin estructura y sin confirmación. Brito crece pese a desmentirse a sí mismo. Los tres casos, tan distintos en su mecánica, comparten un diagnóstico de fondo que también sostienen buena parte de los dirigentes tradicionales: el sistema de partidos argentino sigue mostrando una capacidad limitada para producir liderazgos que entusiasmen, y ese vacío seguirá siendo ocupado por figuras que llegan desde el púlpito, la pantalla o el directorio antes que desde la militancia.
La incógnita que ninguno de los tres resolvió todavía es la misma que enfrentó Milei antes de octubre de 2023: si esa notoriedad previa alcanza para transformarse en estructura, en votos y en gobierno, o si termina siendo, como ocurrió con tantos fenómenos mediáticos de la política argentina, una promesa que se diluye apenas empieza la competencia real. A la distancia que separa hoy a 2027, lo único certero es que el sistema político ya no discute si habrá lugar para un outsider, sino cuál de ellos logrará ocuparlo.
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