El reordenamiento político provincial y los que se quedan sin silla.
La política chubutense está entrando en una etapa donde todos saben que algo se está reordenando, pero nadie quiere decir en voz alta qué lugar cree que le toca en la mesa.
Y la nueva mesa, guste o no, tiene dos cabeceras: La Libertad Avanza y el peronismo. Después del experimento fallido de las terceras vías, de los frentes federales y de las marcas provinciales con pretensión nacional, la política argentina parece volver a una polarización bastante cruda. Milei de un lado. El peronismo del otro. Y en el medio, un montón de dirigentes tratando de no quedar como decorado.
Chubut no escapa a esa lógica
Por eso empieza a cobrar fuerza la posibilidad de un acuerdo entre el gobierno provincial y La Libertad Avanza. No necesariamente por amor, ni por afinidad doctrinaria, ni porque de repente todos hayan leído a Hayek tomando mate en Rawson. Mucho más simple: porque la política nacional empuja y condiciona.
A LLA solo le importa lo nacional: Diputados, Senadores, Bancas, Volumen legislativo, Gobernabilidad parlamentaria. Todo lo demás es conversación de café. Y Torres, que es muchas cosas, pero no ingenuo, lejos del enfrentamiento inicial -que fue útil para instalarse nacionalmente – entiende que estar cerca de la Casa Rosada puede valer más que cualquier pureza partidaria.
Ahí aparece César Treffinger
Treffinger tiene a La Libertad Avanza en Chubut totalmente cerrada. A algunos les molesta. Otros lo critican por falta de vida interna. Pero la verdad es que, hasta ahora, le funcionó, y muy bien. El radicalismo es asambleísta, discutidor, a veces republicano y muchas veces insoportable en su indefinición. El peronismo se debate entre la vergüenza de haber sido conducido con mano firme y el dolor de la deliberación actual. LLA, sin culpas progre-democráticas, funciona como una franquicia. Y Treffinger entendió que, en esta etapa, ser la franquicia local de Milei vale más que tener cien unidades básicas abiertas con tres afiliados tomando mate frío – y encima dulce, que cosa asquerosa – .
Treffinger no tiene una militancia tradicional. Tampoco parece necesitarla demasiado. Su capital político no viene de una estructura de base sino de su alineamiento con Milei y de su capacidad para ocupar lugares estratégicos. Entre ellos, uno nada menor para Chubut: su ubicación en la agenda pesquera.
A propósito de esto, en una provincia donde la pesca no es solo pesca sino poder económico, puertos, empleo, cámaras empresarias, sindicatos, y lobby, cualquier dirigente que se siente funcionalmente cerca de ese sector deja de ser uno. Y si algunos grupos pesqueros fueron importantes para la llegada de Torres a la gobernación, la pregunta se cae sola: ¿también pueden ser importantes para el futuro político de Treffinger?, ¿Sera esta la causa de algunos conflictos que escalan rápidamente?.
Ahora, si Torres y Milei terminan cerrando un acuerdo, Treffinger difícilmente se convierta en Patricia Bullrich golpeando la mesa. Patricia puede manifestar sus “objeciones de conciencia” en el Senador porque tiene votos propios, historia, estructura y una marca nacional. Treffinger tiene poder, pero de otra naturaleza: es fuerte mientras sea el representante reconocido de la marca Milei en Chubut. Eso le da volumen, pero también le pone techo.
Torres, por su parte, siempre tuvo buen diálogo con Santiago Caputo. Pero ahora también se acercó al sector de Karina Milei, que parece mirar las provincias con una lógica menos purista y más práctica: acuerdos puntuales, armado electoral y control de las lapiceras. En ese esquema, si hay acuerdo, lo más probable es que el precio esté en las listas nacionales.
Los radicales, mientras tanto, acompañarían tapándose la nariz. No todos felices, no todos convencidos, no todos con una remera violeta. Pero acompañarían. Incluso algunos díscolos, aquellos con más años que votos como Mario Cimadevilla, podrían terminar aceptando el acuerdo si la alternativa es quedar fuera del reparto. Porque el radicalismo chubutense conserva intendencias, historia y territorialidad, pero hoy no ordena el tablero. Apenas lo comenta.
El peronismo, en tanto, tiene otro problema: sigue teniendo un piso electoral importante, pero parece no saber qué hacer con él
A nivel nacional, Cristina es como un jarrón chino: todos saben que es valioso, pero nadie sabe dónde ponerla sin que moleste o sin que se rompa algo alrededor. El peronismo no puede prescindir de ella, pero tampoco logra organizarse cómodamente con ella en el centro de la escena.
En Chubut pasa algo parecido. El peronismo se acostumbró durante demasiado tiempo a los dedazos nacionales para resolver candidaturas. Y cuando una fuerza política vive demasiado pendiente de quién bendice desde arriba, termina perdiendo sensibilidad abajo.
La militancia del Valle, especialmente en Trelew, viene masticando bronca. Por lo bajo, claro, como suele pasar en el peronismo cuando todavía nadie sabe quién va a ganar la próxima interna. Se quejan de que Bowen y Luque les cortaron el teléfono después de las últimas elecciones. A Bowen lo castigan con una frase cruel: “organizador de eventos”. A Luque lo señalan como anti-Valle. Duele más porque no viene de adversarios, sino de gente propia.
Un exintendente peronista, con paso relevante por una gestión provincial, lo resumió de una manera sencilla: “son siempre los mismos desde Buzzi a la fecha”. Y esa frase explica mucho. Porque no hay nada que envejezca peor que una renovación que nunca llega.
Lo paradójico es que el peronismo chubutense tiene votos, tiene memoria, tiene identidad y tiene base social. Pero no logra convertir eso en un proyecto fresco. Parece una casa grande, con buena ubicación, pero llena de muebles viejos que nadie se anima a sacar.
Aun así, el peronismo no está vacío. Tiene nombres con proyección, como Emanuel Coliñir y José Glinsky. Distintos entre sí: Coliñir más militante, más caminador y más territorial; Glinsky más de superestructura, vínculos nacionales, información y rosca. Pero los dos cargan con el mismo problema: el sello kirchnerista. En algunos sectores del peronismo eso todavía ordena y contiene. El problema es que, hacia afuera, también funciona como una mochila pesada. En Chubut, para recuperar electorado, no alcanza con tener buenos candidatos; también hay que poder vender una marca que no espante antes de que el producto llegue a la góndola.
La Justicia, mientras tanto, juega su propio partido. No está atada a la ansiedad electoral, pero mira el tablero y se acomoda. Hoy el clima es distinto al de otros tiempos. Algunos juegan, obvio que juegan, pero más atentos a sus propias internas que a la foto partidaria del día. En Tribunales nadie se apura demasiado: saben que los gobiernos pasan, los expedientes quedan y los rencores también.
El caso de Iturrioz resume el riesgo de cruzar demasiado fuerte la frontera entre la política y la familia judicial. Fiscal licenciado, ministro activo y crítico frecuente de jueces y fiscales cuando necesita explicar lo que no sale bien. Pero en Chubut todos vuelven a algún lado. Si Torres se debilita o si Iturrioz pierde la confianza del gobernador, la pregunta queda picando: ¿Cómo lo recibiría de vuelta la familia judicial?
Torres también enfrenta su propio dilema. Propios y adversarios le reconocen audacia politica. Pero también le marcan una mala costumbre: genera demasiados enemigos. En todos los sectores. En la política, en la gestión, entre aliados, adversarios, intendentes, empresarios y actores institucionales.
En el último Torres tiempo intentó recomponer vínculos con éxito diverso. Bajó algunos decibeles. Hizo gestos. Pero las heridas políticas no desaparecen porque uno cambie el tono. Quedan. Y Chubut tiene hoy un clima peligroso: la judicialización permanente como herramienta política. Antes se operaba sutilmente con carpetazos que no llegaban a ver la luz. Ahora se opera con denuncias, expedientes, filtraciones y causas. Todos miran a todos. Todos sospechan de todos, incluso de los propios. Y más de uno empieza a preguntarse si, cuando cambie el viento, no vendrá el vuelto.
Dentro del gobierno provincial, Torres conserva un núcleo de confianza. Guillermo Aranda aparece como uno de los nombres con lealtad probada y manejo real de la gestión política. Ornella, la esposa del gobernador, también pesa como figura de confianza y mirada estratégica, sin necesidad de demasiada exposición. Hay otros, es cierto, pero mucho mas no hay.
Pero, como en todo gobierno, también hay miradas de reojo. A “los Andreses” muchos les reconocen eficiencia, quizás demasiada, pero la política no solo mide capacidad: mide lealtad futura. Y en el oficialismo (y oposición) hay quienes creen que pueden tener el cuchillo bajo el poncho.
Una de las máximas históricas de la política Chubutense es que no se puede ganar la provincia si no se gana en Trelew, ciudad históricamente política. Y allí, el intendente viene trabajando en ese sentido.
Merino tiene marcada sobredosis de radicalismo en sangre. Quizás demasiada si pretende conducir a todos. Está convencido de que está haciendo una buena gestión, y probablemente tenga argumentos para defenderlo. También empieza a proyectarse partidariamente en la provincia, como si Trelew pudiera volver a ser una plataforma radical de poder.
Pero hay un detalle curioso: buena parte de su éxito político se lo debe a Adrián Maderna. Como Batman necesitaba al Pingüino, Merino necesita a Maderna. Lo necesita como antagonista, como contraste, como explicación del desorden heredado. El problema está en la temperatura del fuego. Si Merino mantiene a Maderna a la parrilla, con denuncias y criticas, tiene que saber regular. Porque si se pasa de rosca, la gente puede cansarse. Y cuando la gente se cansa, lo que al principio era una explicación razonable empieza a sonar como excusa. Ojo que en algún punto esto ya está pasando.
La política provincial está llena de dirigentes que sonríen en la foto, pero calculan por dentro. Políticos que quieren ser empresarios. Empresarios que quieren manejar todo. Intendentes que quieren obras. Diputados que quieren listas. Gobernadores que quieren Nación. Radicales que quieren sobrevivir. Judiciales que especulan y juegan políticamente. Peronistas que quieren volver, pero no saben con quién. Y libertarios que descubrieron que la lapicera es más poderosa que la motosierra.
Chubut se está reordenando. El que tenga votos, negociará. El que tenga territorio, resistirá. El que tenga llegada a Nación, cobrará. El que tenga caja, administrará. Y el que no tenga nada de eso, la vera desde afuera.
Lo que nadie dice en voz alta es lo que viene después: cuando el polvo se asiente, algunos de los que hoy sonríen en la foto van a quedar del lado equivocado de la mesa.
Y en Chubut, eso no se olvida fácil.
— Pablo Das Neves


