Gözde es originaria de Turquía, Alexis de Francia. Ambos se conocieron trabajando como ingenieros informáticos, en Estados Unidos. Hace más de año y medio emprendieron viaje desde California hacia Sudamérica, con la idea de llegar hasta Ushuaia, y luego volver a sus países de orígenes a ver a sus familias.
A bordo de una camioneta Dodge acondicionada para viajes largos, entraron a Santa Cruz por la localidad de Los Antiguos, para comenzar a recorrer la Ruta Nacional 40. Antes, habían transitado el norte argentino, pasando luego a la Carretera Austral chilena.
Hace 18 días estaban en El Chalten, cuando comenzó a sentirse la crisis de la pandemia del coronavirus. “La situación en El Chalten estaba empezando a ser poco confortable, porque había muchos turistas y la gente pensaba que era culpa de los turistas que llegaba el virus. En algunos comercios no querían atender a los extranjeros”, comentó Alexis.
La pareja, y amigos en otras dos camionetas, emprendieron viaje, pensando en llegar a El Calafate. La idea era dejar los vehículos y tomar un avión a Buenos Aires para intentar volver a sus países. Hicieron noche a mitad de camino, a la costa del Lago Argentino. Cuando llegaron al portal de acceso, no pudieron entrar porque la localidad de los glaciares se había declarado en cuarentena.
Se encuentran varados sobre la ruta provincial 19, casi una huella que costea la margen norte del lago, frente a El Calafate.
El lugar pertenece a campos de una estancia, cuyo responsable los dejó estar allí, y hasta los abasteció de víveres luego de un segundo intento frustrado para ingresar a El Calafate para comprar mercadería.
Cuentan que cuando no pudieron entrar a la localidad, recibieron ayuda para cargar la garrafa de gas y conseguir elementos esenciales, por parte de personas que estaban cumpliendo diferentes funciones de controles. “Por un lado es todo muy estricto, que está muy bien, y por otro lado hay mucha generosidad de las personas”, recalcan.
Un pequeño barranco les hace de reparo del viento, para el armado de un fogón en el que se cocinan y calefaccionan cuando cae el sol.
A pocos metros está el lago, de donde quitan agua para consumo y para su higiene. La calientan en una pava y un jarro se convierte en ducha.
Con ellos está “loco”, un perro guatemalteco que adoptaron de cachorrito. “Es muy independiente así que sale al campo y juega con los caballos, y vuelve”, cuenta la pareja.
Pese a estar varados en el medio de la nada, la pareja es consciente que aquí están mejor, porque hay menos riesgo. “Lo que nos gusta es que acá en Argentina lo toman muy en serio, por eso también es que no queremos regresar a nuestros países ahora”, dice Alexis.
Pero el aislamiento en su camioneta, a 60 kilómetros de El Calafate también les plantea el desafío de comenzar a soportar el descenso de la temperatura. “Nos dicen que ya se empieza a poner frio, y ojalá que antes de eso podamos entrar a El Calafate”, dicen con esperanza.
Fuente: El Rompehielos


