La Legislatura del Chubut aprobó esta semana una de las reformas políticas más relevantes de los últimos años al modificar la Ley Orgánica de Municipios y eliminar el límite de dos mandatos consecutivos para intendentes, concejales y presidentes de comunas rurales de aquellas localidades que no cuentan con Carta Orgánica.
La iniciativa fue aprobada por 16 votos a favor, 10 en contra y una abstención, dejando sin efecto la limitación establecida años atrás por la denominada «Ley Caminoa», que impedía ejercer más de dos períodos consecutivos. A partir de esta modificación, las autoridades municipales alcanzadas por la norma podrán presentarse nuevamente sin un límite de reelecciones consecutivas.
El debate, sin embargo, excede el plano estrictamente electoral y vuelve a poner en discusión la calidad institucional de la provincia.
Quienes respaldan la reforma sostienen que debe ser la voluntad popular, expresada en las urnas, la que determine cuánto tiempo puede permanecer un dirigente en el poder. Desde esa perspectiva, limitar las candidaturas implica restringir la decisión de los ciudadanos.
Del otro lado, quienes cuestionan la medida advierten que la alternancia constituye uno de los pilares del sistema republicano. Sostienen que establecer límites a la permanencia en los cargos favorece la renovación de liderazgos, evita la concentración de poder y fortalece instituciones que no dependan de una misma persona durante décadas.
La discusión, en definitiva, no gira únicamente sobre quién puede volver a ser candidato. Lo que está en juego es el modelo institucional que la provincia pretende construir para sus municipios y el equilibrio entre la voluntad popular y la necesidad de garantizar mecanismos que promuevan la renovación democrática.
Las reglas electorales deberían pensarse con una mirada de largo plazo y no en función de las próximas elecciones. Modificar las normas que regulan el acceso y la permanencia en el poder siempre genera interrogantes sobre la oportunidad y las motivaciones de esos cambios.
La democracia necesita buenos dirigentes, pero sobre todo necesita instituciones sólidas. Cuando las reglas son estables, claras y nacen de amplios consensos, fortalecen la confianza de la sociedad. En cambio, cuando se modifican en función de coyunturas políticas, inevitablemente se instala el debate sobre si responden al interés general o a las necesidades del momento.
La alternancia no garantiza, por sí sola, mejores gobiernos. Pero sí constituye uno de los mecanismos que permiten oxigenar la vida democrática, promover nuevas ideas y recordar que, en una república, los cargos públicos son transitorios, mientras que las instituciones deben permanecer.
Por El Observador del Sur


