Las serpientes Rhabdophis, oriundas del sudeste asiático, que en vez de producir su propio veneno lo toman prestado de su alimento, los sapos, para almacenarlo en su propio cuerpo y paralizar el corazón de posibles depredadores. Curiosamente, los investigadores se han dado cuenta de que algunas especies del mismo género no devoran sapos, sino que han encontrado otra fuente de toxicidad, hasta ahora desconocida y completamente inesperada: las luciérnagas.
Estas serpientes lucen unas glándulas en la piel, a veces justo alrededor del cuello, donde almacenan bufadienólidos, una clase de esteroides letales que obtienen de los sapos, su presa tóxica de elección. «Doblan sus cuellos en una postura defensiva que sorprende a los depredadores desafortunados con un bocado de toxinas», dice el herpetólogo de la Universidad Estatal de Utah, Alan Savitzky, quien ha estudiado durante mucho tiempo a estos reptiles deslizantes. Es como intentar darse un delicioso banquete y encontrarse con la muerte. Aves rapaces, como halcones, y pequeños mamíferos carnívoros, como mapaches o civetas, pueden acabar trágicamente.
Las serpientes obtienen sus toxinas de los sapos que devoran, pero en un giro sorprendente, el equipo internacional ha comprobado que no todos los miembros del género derivan su toxina defensiva de la misma fuente. Algunos de ellos, encontrados en el oeste de China y Japón, han cambiado su dieta principal de sapos por las lombrices de tierra. Como estas son inofensivas, las serpientes han añadido un postre que produce la misma clase de toxinas que los sapos: las larvas de luciérnagas. Los hallazgos aparecen en la revista PNAS.
«Este es el primer caso documentado de un depredador de vertebrados que cambia de una presa vertebrada a una presa invertebrada por la ventaja selectiva de obtener la misma toxina defensiva», dice Savitzky.
La mayoría de las especies de este grupo que comen ranas alcanzan una longitud de aproximadamente un metro, en ocasiones un poco más. Las especies que se alimentan de gusanos, sin embargo, tienden a ser algo más pequeñas, llegando a unos 60 cm. Las primeras pueden ser de colores brillantes (por ejemplo, negras con marcas rojas y un anillo amarillo alrededor del cuello o verdes con marcas negras y púrpuras). Las especies que comen gusanos a menudo son de color marrón.
Fuente: ABC españa
Dada la relación distante entre los sapos y las luciérnagas, el drástico cambio en la dieta probablemente involucró una señal química compartida por sapos y luciérnagas; quizás las toxinas mismas. Ambos son los únicos animales actualmente conocidos o sospechosos de sintetizar estos compuestos. «Esto representa un notable ejemplo evolutivo de adaptación para compensar la ausencia de compuestos defensivos después de un cambio a una nueva clase de presas», dice Savitzky.


