Manada de guanacos en la estepa patagónica.
Por décadas, el guanaco fue una contradicción viva en la estepa patagónica. Especie protegida en el papel, «plaga» en la práctica para miles de productores ovinos que veían cómo el camélido más grande de Sudamérica competía palmo a palmo con sus ovejas por pastura y agua. Esa tensión irresuelta, acumulada durante años de parálisis normativa, parece estar encontrando finalmente un cauce.
En 2024, el gobierno nacional actualizó las directrices para agilizar la circulación interprovincial y habilitar la exportación de carne y fibra de guanaco. La medida —plasmada en la Disposición 812/2024 de la Subsecretaría de Ambiente— autorizó a las provincias patagónicas a desarrollar planes de manejo y aprovechamiento de la especie, incluyendo su cría en cautiverio. El cambio no es menor: durante décadas, la regulación vigente había bloqueado cualquier aprovechamiento comercial serio.
Los números empiezan a respaldar el giro. Santa Cruz faenó un récord de más de diez mil guanacos en 2025, generó ochenta puestos de trabajo directos en zonas rurales y proyecta escalar la producción hacia la exportación este año. No es un resultado marginal: es la demostración de que el modelo puede funcionar cuando hay voluntad política y marco normativo alineado.
La diferencia entre un negocio sustentable de largo plazo y una sangría que agote la especie en pocos años depende de qué modalidad se consolida como norma.
El potencial es considerable por dos vías. La primera es la carne: los estudios del INTA validan su perfil nutricional —alto contenido proteico, bajo en grasas y óptima relación omega-3/omega-6— lo que le permite competir con cortes vacunos a menor costo. La segunda es la fibra: el guanaco produce una de las fibras naturales más finas del mundo, con un nicho de altísimo valor en los mercados europeos de moda de lujo, comparable al cashmere o la vicuña.
Pero la oportunidad viene con condiciones que no pueden ignorarse. Investigadores especializados advierten que la venta de fibra de animal muerto atenta contra la posibilidad de reducir la desertificación en las tierras áridas patagónicas. La esquila en silvestría —arrear, encerrar, esquilar y liberar— es el modelo que preserva las poblaciones y genera valor sin destruir el recurso. Es allí donde reside la clave del negocio.
El guanaco está incorporado en el Apéndice II de la CITES desde 1978, lo que implica que su comercio internacional se encuentra regulado para prevenir la sobreexplotación. Esa restricción no es un obstáculo burocrático: es la garantía de que los mercados externos —exigentes en trazabilidad y certificación— confíen en el origen legal del producto. Sin ese paraguas, la puerta de Europa se cierra.
Chubut, provincia que alberga una porción significativa de la población patagónica de guanacos, tiene aquí una ventana concreta. La pregunta no es si explotar o no explotar: la superpoblación ya genera daño ecológico y productivo independientemente de lo que haga el Estado. La pregunta es si la provincia va a diseñar un plan propio con criterio técnico, articulación con Nación y CITES, y generación de valor en origen —o si va a llegar tarde, cuando otros ya hayan construido la cadena.
El guanaco lleva nueve mil años en la Patagonia, como lo atestiguan las pinturas de la Cueva de las Manos. Que empiece también a ser parte de su futuro económico depende de decisiones que se toman hoy.


