Alicia Reynoso tiene 65 años y en julio espera jubilarse. Es enfermera y en la guerra del Atlántico Sur de 1982 se desempeñó en el hospital de campaña de Comodoro Rivadavia como personal civil de la Fuerza Aérea. Hoy está abocada a otra lucha: se ocupa de cuidar adultos mayores en momentos en que la pandemia del coronavirus obliga a doblegar los cuidados.
“Los soldados se asombraban cuando veían a una mujer con uniforme verde oliva. Para ellos fuimos madres, amigas, primas, hermanas. Ayudamos a contenerlos. Muchos, cuando se sentían mejor, querían volver a las islas para acompañar al compañero que había quedado en la trinchera. Eran leones de 18, 19 años”, recuerda.
Junto a sus compañeras solían llamar a las familias de los heridos para tranquilizarlas y decirles que sus seres queridos estaban bien. «En esas situaciones, se aprende a curar no solo las heridas del cuerpo, sino también las del alma”, agrega.
Alicia Reynoso había ingresado a la Fuerza Aérea en 1980, en el marco de un programa de prueba piloto de incorporación de mujeres. En 1982 tenía el grado de Cabo Principal.
Luego de la guerra, la enviaron a Córdoba. Estudió en el Escuadrón de Cursos Especiales que funcionaba en la Escuela de Aviación. Obtuvo el grado de alférez.
En 1986 se casó, pero como lo hizo con un subalterno, debió renunciar a su grado. La reincorporarían como personal civil. Actualmente está separada, tiene dos hijas y dos nietos.
En 2004 y 2007 participó de dos misiones de los Cascos Azules en Haití, en el mismo hospital de campaña que se había armado durante la guerra de Malvinas, el que a lo largo de los años participaría en diversas misiones internacionales de paz.
Luego de 37 años regresó a Comodoro Rivadavia, al lugar donde estaba emplazado el hospital y, con sorpresa, hallaron una de las estufas que entonces utilizaban. “Estaba tal cual como en 1982”, contó.
Actualmente, trabaja en la II Brigada Aérea de Paraná y participa activamente de la campaña de vacunación antigripal a adultos mayores en la aldea Grapschental, un pequeño poblado fundado en 1886 por alemanes del Volga en la provincia de Entre Ríos. Allí viven entre 30 y 40 familias, con muchas personas mayores que, en tiempos de la pandemia, requieren un cuidado especial por ser pacientes de riesgo. Esa es la nueva misión de Alicia.
Cuando llegan remesas de vacunas enviadas desde Buenos Aires, ella viaja desde Paraná hacia la aldea. En estos tiempos de cuarentena, vive con sus nietos. “Yo siento que tengo que poner el cuerpo en esta nueva lucha. Si no nos mató la guerra, no nos va a matar este bicho de porquería”, dice.
Alicia nunca supo más nada del capitán que había llegado al hospital de Comodoro Rivadavia con las piernas destrozadas. Hasta que una mañana de 2009, al bajar de su auto frente al edificio Cóndor, se encontraron cara a cara. El llamó a su familia, que vivía cerca. “Ella es la mujer que me asistió cuando fui herido y de la que tanto les hablé”, dijo emocionado. No hubo más que decir, solo se abrazaron.
“Ya volverá el tiempo de los abrazos”, reflexiona hoy la enfermera. Y vuelve a emocionarse.
Fuente: Infobae


